domingo, 15 de octubre de 2017

La marcha




Federico arrastró al abuelo por el corredor hasta una puerta blanca que abrió con el ímpetu de una ráfaga de viento.
             En el centro de la habitación una maqueta ocupaba gran parte del espacio.
             Un tren aguardaba en la estación a que el jefe levantara la bandera para iniciar la partida. En el trayecto atravesaría una ladera verde plagada de flores silvestres de colores; ascendería una montaña alta; rodearía otra de tamaño similar; cruzaría un puente de hierro sobre las claras aguas de un rio; pasaría por debajo de un oscuro túnel; y en el último tramo, un valle con ovejas pastando antecedería al pueblo.

El abuelo se quedó ensimismado con aquella reproducción en miniatura. Federico lo puso en marcha y fue entonces cuando al abuelo se le iluminó la cara viendo como el tren recorría aquellos paisajes. Al detenerse la locomotora en la estación, Federico desenganchó un vagón y se lo dio a su amigo, que lo cogió estudiando su estructura.
           -Es tuyo.
           El rostro del abuelo se ensombreció.
           -No puedo quedármelo –se lo tendió a Federico.
           -Claro que puedes. Quiero que lo guardes y que cada vez que lo mires, sepas que tienes un amigo en mí.
           El abuelo apretó el vagón en sus manos, agradeciéndole el gesto con la mirada.

          “Pasaba los veranos en la casa que mi familia tenía en San Sebastián. Allí nos reuníamos con mis tíos y mis primos y recibíamos visitas de amistades de Madrid que se instalaban con nosotros unos días.           
Al regresar aquel año, lo primero que hice fue correr al colegio para ver a Dado y contarle algo maravilloso que me había pasado,  como en otras ocasiones después de las vacaciones. Le echaba de menos durante el verano y me hubiera gustado que compartiera conmigo juegos y conversaciones. A veces cuando hacíamos carreras para medir nuestra velocidad y resistencia en la playa, pensaba en lo mucho que le gustaría a Dado correr por la arena, sumergirse en el agua y nadar hasta la primera boya. Dado nunca había visto el mar y cuando le hablaba de él me escuchaba con atención.           En la verja de entrada al patio delantero, un hombre al que desconocía arreglaba la cerradura. De ese tipo de tareas se encargaba el padre de Dado, pero debía estar ocupado en el jardín.
           Saludé al hombre y le pregunté si el Padre Simón se encontraba en el colegio.
           Me contestó que sí y dejó que accediera al patio. Por las ropas que llevaba debió imaginarse que era un alumno.
          Me dirigí a la casa de los guardeses con la mirada del hombre clavada en mi cogote. Desde que había entrado no la había apartado de mí.
          Me extrañó que la puerta estuviera cerrada. Elvira siempre la tenía abierta. La golpeé con los nudillos llamando a Dado. Nadie respondió a mi insistencia. El hombre de la verja se me acercó con el ceño fruncido.
          -¿Puedo ayudarle?
          -Busco a Dado. Vive aquí con sus padres.
          El hombre se arrascó la cabeza con cara circunspecta.
          -Debe referirse a los antiguos guardeses. Ellos se marcharon hace dos meses y ahora yo ocupo su puesto.
           La desazón me invadió de inmediato. En junio nos habíamos despedido hasta Septiembre como otras veces, pero esta vez la despedida parecía definitiva. Dado era mi mejor amigo y nunca me había pasado por la mente la posibilidad de que dejáramos de vernos para siempre.
           Le necesitaba en mi vida.
 


 

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