domingo, 20 de agosto de 2017

Decepciones





A esta altura del relato echo de menos a Etiénne.
             Se me pasó por la mente invitarle a la reunión, desenmascararme al mismo tiempo delante de él y de todos los demás, pero desistí de la idea al instante. La parte de mi vida que más me desagradaba debía contársela a solas para no condicionar su reacción y lo haría antes de mi debut teatral, en su buhardilla, durante la cena que le ayudaría a preparar en los zapatos de un pinche torpe o después, no sabía cuál sería el mejor momento para desnudar mi alma y ensañarle lo fea que era. Improvisaría. Tras la finalización de la función, no estaba segura de cuál iba a ser mi destino, aunque podía figurarlo, ni si volvería a verle después de aquella tarde de varietés. Etiénne tenía que saberlo antes. Merecía la deferencia.
             Las cosas no siempre salen como las planeamos. Una vez más.

 
            Cené con Etiénne por última vez la noche anterior a la convocatoria.
            Terminada la velada me fui con el roce de su cuerpo en la piel y el corazón hecho trizas. No me atreví a enfrentarle, guardé silencio, fingí que la desazón no me quemaba las entrañas y que no me estaba despidiendo para los restos de nuestras vidas. Siembra vientos y recogerás tempestades. Dos segundos bastaron para recoger el fruto de mis maquinaciones. Me estaba bien empleado.

Al volver a la mansión me metí en la ducha para deshacerme de sus caricias y de su olor, destrozada por el dolor. La niña de diez años que liberó a Yuco, lloraba amargamente bajo el chorro de agua, como la mujer de más de treinta que abominaba de sí misma.
           Decepción, frustración, desolación.
            Nada importaba lo que ocurriera al día siguiente.
            Ya había perdido todo cuanto quería.


domingo, 13 de agosto de 2017

Mundos lejanos, horizontes cercanos



             “Dado vino todos los días a lo largo de tres años.
             El orgullo no me concedía reconocer que el hijo de los guardeses había efectuado un análisis tan preciso como una radiografía de las causas por las que me desentendía del aprendizaje de las asignaturas que se impartían en el colegio. Me creía un estúpido, pero un estúpido con suerte que heredaría una fortuna que gestionarían los asesores de los que mi padre se rodeaba. Poner empeño en estudiar y fracasar era confirmar las sospechas sobre mí mismo.
            Adopté como hábito razonar las respuestas y soluciones a los ejercicios y descubrí que la lógica era una eficaz herramienta de la que no podía prescindir.
            A veces discutíamos sobre  literatura, historia o algebra, materias que no habían despertado mi interés hasta entonces. Dado me enseñó a pensar y sin darnos cuenta fuimos haciéndonos amigos, pese a que él siempre marcaba las distancias entre las clases a las que pertenecíamos. Yo era un señorito bien y él formaba parte del algún modo del servicio de casa. Mis calificaciones mejoraron, enorgulleciendo a mi padre, que por fin creyó que se podría sacar algo bueno de mi.”
            “-Quiero que veas el cuarto de los juegos.
            -No.
            -¿Por qué?
            -Estoy aquí para ayudarte con las tareas no para que me enseñes donde juegas y con qué juegas cuando me marcho.

Para cualquier niño que lo único que posee en la vida son el cariño y afecto de sus padres, visitar una habitación repleta de juguetes era un sueño, pero Dado no era como cualquier niño, el se esforzaba cada día por ser mejor que el día anterior.
           No levantaba los ojos del cuaderno. Su cara estaba tensa.
            -¿Por qué?
            -¿Por qué, qué?
            El soniquete era familiar.
            -Por qué no reconoces que te gustaría ver mis juguetes y  pasar un rato distendido, en lugar de usar como pretexto las obligaciones. Por qué no bajas la guardia y te diviertes cuando se te presenta la oportunidad de hacerlo. Por qué no te relajas y dejas de estar alerta todo el tiempo… El aprendizaje abre la mente y la diversión desborda la imaginación y agudiza el ingenio, tan importante es aplicarse en los estudios como jugar y que la mente vuele libre y tu no lo haces nunca. Quiero compartir mi mundo contigo.”
            -El abuelo seguro que se mantuvo firme en su determinación.
            Federico me palmeó la pierna.
            -Querida, no subestimes mi poder de convicción.
Se le empañaron los ojos.
 
 

domingo, 6 de agosto de 2017

Los puntos sobre las ies




André y María salieron de la sala para ir a preparar café e infusiones. Marina y sus compañeras sirvieron canapés y pastas en las bandejas que iban pasando entre los convocados, repartidos en corrillos murmurantes.
         Brígida le tomó la tensión a Federico y la anotó en la libreta que guardaba en el bolsillo del uniforme blanco. Le interrogué con la mirada, me confirmó del mismo modo que mi marido estaba bien. Respiré aliviada. El corazón de Federico acusaba las emociones fuertes, y el relato de pasajes de su vida, los más importantes, con total probabilidad, le estaban haciendo revivir un pasado que tenía muy presente, obstinado en no cedérselo al olvido.
          -¿Y a este elemento dónde le conociste? -quiso saber Gonzalo señalando con la barbilla a Alex.
          Se tomaba el segundo whisky.
          -En un crucero.
          -Estarías ebria…
         André entró con la tetera de café y la de agua caliente para las infusiones. María con tazas y el azucarero. Le pedí me sirviera uno.
          -Más o menos –André me trajo el café humeante. Le quité el vaso de whisky a Gonzalo que protestó por el imprevisto gesto -. Gracias, Andrés. Llévese el vaso por favor –le di la taza de café a Gonzalo-. Tómate esto.
          -Nuestro encuentro en la cafetería no te lo contó Federico… Recuerdas más cosas de las que admites…  –bebió un sorbo de café.
         Por toda respuesta la sonrisa de Monalisa ilustró mi tez y le dejé a solas dubitativo, para acudir al lado de mi marido.

Habían transcurrido tres horas desde que estábamos confinados en la sala de te. La claridad de la tarde iba disminuyendo y las ramas del sauce llorón diseñaban zigzags en el aire
           El asueto duró unos minutos más antes de que Federico retomara la palabra.
           -El Padre Simón aconsejó a mi padre, preocupado por mi falta de disciplina en los estudios, que estudiara con un compañero después de las clases, con el fin de que encontrara la motivación necesaria para asumir las asignaturas en las que no destacaba, convencido de que compartiendo dudas, salvaría escollos. Le habló de Dado, el alumno más brillante del colegio, de la buena influencia que ejercería sobre mí y de los buenos hábitos que adquiriría si le frecuentaba.
          “Fue así como tu abuelo –me miró con ternura y nostalgia-, Dado, empezó a venir  los martes y los jueves con Elvira, los días que planchaba en casa.
          Su presencia me incomodaba e incordiaba, pero esto fue al principio, cuando no le conocía más que de coincidir en el mismo curso.
          Dado era un niño apocado y silencioso, excesivamente diligente, que no se relacionaba con los compañeros y que en el recreo prefería ayudar a sus padres en sus labores o leer un libro en un banco apartado del patio, a unirse a nuestros juegos burgueses. Pasaba por la vida sin hacer ruido y distinguía bien su mundo del nuestro. Entre todos le pusimos el sobrenombre de “el muermo”.
        
         Los años cambiaron al abuelo. El hombre que me compraba dulces y golosinas las veces que íbamos al parque,  era alegre, vivaz y un gran conversador. Distaba mucho del niño que Federico describía.
        Por mi madre, su hija, sabía que su vida no fue fácil durante un periodo de tiempo, como no lo fue la de nadie durante la guerra civil, pero cada vez que intentaba ahondar en los detalles de esa parcela tan desconocida del abuelo, mi madre cambiaba bruscamente de tema, manteniendo el misterio en torno a la figura de su padre.

         “Hacíamos los deberes juntos. Cuando revisaba los míos, siempre formulaba la misma pregunta: ¿por qué?
         -¿Por qué, qué?
         -Detrás de las respuestas y las soluciones hay un razonamiento, ¿cuál es el tuyo?
         -No lo sé. He escrito lo primero que se me ha ocurrido y pensaba que era lo correcto.
         -¿Por qué no analizas las preguntas y problemas para comprenderlos bien y pensar en su resolución?
         -Porque es una pérdida de tiempo y me aburre –le desafié con la mirada. Una ráfaga de calor me subía por el esófago hasta terminar en la cara-. Tú eres aburrido y repelente porque crees saberlo todo, pero solo eres el hijo de los guardeses. Eres un muermo.
         -¿Por qué?
         -¿Por qué, qué? –me encendí como una mecha y exploté. Le chillé con la ira coloreándome de carmesí las mejillas y tiré los libros y cuadernos de encima de la mesa con el brazo en un gesto de ira incontrolado. Estaba fuera de mi.
         Elvira y Dorita, una de las sirvientas, acudieron alarmadas por mis gritos y por el estruendo de los libros cayendo contra el suelo, a la sala donde estudiábamos y se detuvieron delante de la puerta. Mi padre llegó al rato procedente de su despacho. La escena que tenían delante era la de dos niños de once años frente a frente.
         -¿Por qué temes razonar? ¿Por qué no te atreves a descubrir cuáles son tus capacidades y asumir tus limitaciones? ¿Por qué te mantienes en la inopia y no explotas tus habilidades? ¿Por qué con las facilidades que tienes no te labras un futuro en lugar de esperar heredar el de tu padre? Si a fin de cuentas resulta que eres un memo, sabrás rodearte de tunantes que te adularan, pero si no lo eres, estarás desaprovechando la oportunidad utilizar todos tus recursos para hacer cosas grandes.  
         -Dado, ya basta –la voz de su madre sonó suplicante. Su trabajo corría peligro.
         Mi padre la tranquilizó con la mirada.
         Se acercó a nosotros y me puso la mano sobre el hombro.
         -Quiero que vengas todos los días.


domingo, 30 de julio de 2017

Infancia





 

-Eduardo y yo estudiamos en un colegio religioso de la Orden de los Misericordiosos. Sus padres eran los guardeses y vivían en la casita del patio delantero, reservada a los empleados que desarrollaban estas labores. El padre se ocupaba también del jardín y la madre ayudaba en la cocina y en la lavandería. Por las tardes planchaba en casas particulares.
             “El pater, como llamábamos al Padre Simón, máximo responsable de la congregación, un buen hombre al que el exceso de bondad para con quienes se encontraban en situaciones de lo que ahora conocemos como exclusión social, le llevó a la ruina,  se empeñó en que Eduardo tuviera las mismas oportunidades que los demás y estudiara en el colegio, pese a su origen humilde. Esta circunstancia no fue del agrado de los padres de los alumnos, que no querían que sus hijos se mezclasen con personas que estaban por debajo de su nivel social, pero cuando el pater se proponía algo –una sonrisa nostálgica acudió a su rostro- lo conseguía y apelando a la misericordia y al corazón de buen fondo de los que mensualmente aportaban la asignación de sus hijos al centro, reblandeció las almas más importantes,  que se encargaron de convencer a las almas indecisas o cerradas de miras, de que la caridad que se practicaba el Señor la recompensaba llegado el día.”
             “Elvira planchaba en casa dos veces por semana. Mi escaso interés por las materias que se impartían en las clases y los resultados negativos de lo poco aplicado que era, fueron fundamentales para que Eduardo, el hijo de los guardeses, tomara en mi vida un papel importante, aunque nadie podía imaginar en ese momento, ni yo mismo, hasta que punto lo sería al cabo de los años…”
             -Bufff  -Alex resopló más sonoramente de lo que le hubiera gustado acaparando la atención de los asistentes.
             -¿Algún problema, joven? –le preguntó Federico al tiempo que su trasero tomaba contacto con la butaca de orejas sobre cuyo brazo me sentaba.
             -Las historias familiares ajenas no son de mi incumbencia.  Debería marcharme para que arreglen sus cuitas en privado
             -¿Y las posesiones ajenas si lo son? –inquirió Federico con deje sarcástico.
             -Da gracias de que aun no te hayamos denunciado a la policía por tu implicación en un robo –Intervino el hermano mayor.
             -No tienen pruebas.
             -No tientes a la suerte –le sugerí pensando en el cuaderno celeste con motivos plateados que guardaba en la cómoda -.Hay ases dentro de las mangas que desconoces.




domingo, 23 de julio de 2017

Que continue la función




-Tengo grabada la confesión –la apocalíptica mostró su móvil, el tesoro más preciado que poseía, por la sonrisa endiablada con que acompañaba el gesto. Ella y sus hermanos rodeaban al patriarca, sentado en su butaca de orejas.
            -No es una confesión. Es la manifestación de la mente de una amnésica, que tiene recuerdos pocos nítidos sobre la realidad y la confunde.
Me giré hacia Gonzalo que se nos acercaba con el vaso de whisky en la mano y ese aire de intelectual que en la adolescencia le hacía aburrido y con una década más, interesante.
             -¿Me estás echando un cable? –le susurré al ponerse a mi lado.
             -No. El audio del relato de un sueño no tiene solidez judicial.
Nos miramos dos segundos. Sí, me estaba ayudando, aunque no lo reconociera. Era el amor de su vida por llegar demasiado temprano a ella, y aunque hubiera intentado alimentar el odio y detestarme, hay sentimientos que no se desarraigan fácilmente.
-Ésta no ha perdido la memoria nunca. Todo ha sido una farsa –el desprecio que la jineta sentía hacia mí, era evidente, me pregunto por qué -. Demasiados detalles.
             -Que le he contado yo –mi marido acudió en mi rescate -. Otras cosas las imagina.
-Ja –Alex, a pocos metros de nosotros cuchicheaba con Regina. Eva merodeaba cerca de él procurando acortar distancias -. Me marcho.
Se ajustó la chaqueta al cuerpo aireado.
            Federico se levantó de la butaca y se abrió paso entre sus hijos.
            -Siéntese, hijo. Esto aún no ha terminado –nos miró al resto-. Por favor, tomad asiento.
           Mi marido se había referido a mi amante como ¿¡hijo!?, en un tono autoritario. Lo que sin duda aclaraba lo que le importaba que le hubiera traicionado con él durante nuestro matrimonio. Nada.
 
 El desconcierto se instaló en nuestras caras.
             Obedecimos volviendo a ocupar los presentes nuestro asiento en la platea para asistir a un nuevo espectáculo que prometía mucho más que el anterior.
             -Andrés, por favor, reparta los sobres que le he entregado antes.
             Andrés extrajo del bolsillo interior de su chaqué negro, cuatro sobres que reconocí como los que había encontrado en la caja fuerte de la biblioteca mientras buscaba el código que desactivaba la alarma a la que estaba conectada la urna que reguardaba al Fabergé de intenciones ajenas.
             Cuando cada uno de los vástagos de Federico tuvo el sobre en sus manos, el patriarca ordenó a su hija  que leyera el contenido.
 
 
“Querida hija mía:
 
 
Por la presente te expreso mi deseo de que el Fabergé que en gran estima tengo, por los lazos sentimentales que me unen a él, quede en usufructo de mi esposa, Cintia Aurora María Van Heley de Haut, desde la fecha del encabezamiento de esta misiva, para que disponga de la valiosa pieza con el buen criterio que la precede, no pudiendo ser objeto de transacción económica alguna, hasta que el último de mis hijos, haya de reunirse conmigo y con vuestra madre, por quien mi corazón no ha dejado de latir un solo instante. A pesar de su ausencia, despierta conmigo todas las mañanas y todas las noches duerme a mi lado.
 
 Cúmplase mi voluntad.
 
                                                                           Te quiere, tu padre.”
 
Asombro generalizado. Toma apocalíptica amargada. Un brillo triunfador acudió a mis ojos, fijos en mi hijastra, que se debatía entre la rabia y la emoción.
             -Mi esposa puede disponer de todo cuanto poseo como le plazca, incluido el Fabergé.
 
Adoraba a ese hombre que vivía cuatro pasos por delante de mí, para allanarme el camino y protegerme de las fieras que me acechaban, aunque éstas llevaran su sangre. Federico era lo más parecido a un ángel que había en mi vida, y siempre le estaría agradecida.
            Mi marido interpreto la oscuridad de mis ojos como confusión.
             -Querida, me casé contigo para cuidarte de ti misma, pero no lo hice por ti, no me creas tan altruista, lo hice por el hombre que más he querido en los muchos días que acumulo de existencia: tu abuelo.
            El segundo acto ya había empezado.
 

domingo, 9 de julio de 2017

Pesadillas



             Federico depositó la mirada vidriosa sobre una Eva desazonada que empezaba a vislumbrar la magnitud y velocidad que estaban tomando las cosas.
            Ella era su informante dentro de la mansión, pero tras mi relato, mi esposo dudaba de la veracidad de las informaciones de la agente y de la intencionalidad puestas en ellas y en sus acciones. Él sabía muy bien que cuando el amor se adueña del corazón, la razón es susceptible de perderse. Eva había elegido la peor forma posible de alcanzarlo.

 Proseguí con lo que nos ocupaba y a algunos preocupaba.
             -Descubrí el doble juego de Alex y cancelé el plan, arrepintiéndome de cada uno de los movimientos que había hecho hasta el momento y enojada conmigo misma por no haberme dado cuenta de que el único plan existente, era el que Alex había diseñado para sí mismo. Las demás solo éramos herramientas necesarias para llevarlo a cabo.

            Reconocí la punzada de dolor que Eva reflejada en su rostro y sentía en el pecho. Tomaba conciencia de que había permitido que la enredase un hombre que no le correspondía del mismo modo que ella le amaba y que le había utilizado vilmente. Su vida iba a cambiar.
             -No fueron necesarias demasiadas palabras cuando le devolví el Fabergé a Federico. Él estaba al tanto de muchas de las cosas que había hecho para que la joya acabara en mis manos y respondió con la generosidad con la que siempre me ha tratado… -Un atisbo de emoción estuvo a punto de manifestarse en mis ojos a través de una lágrima que detuve a tiempo de que cayera rodando por mi mejilla.- Ese día todos en la mansión supieron que mi conducta no había sido adecuada. El intercomunicador del dormitorio de Federico estaba activado.

           Miré al servicio uno por uno, sorprendiéndome de no percibir en María, mi gran detractora, una actitud reprobadora hacia mí. Muy al contrario parecía satisfecha con mi confesión. André mostraba conformidad en su faz serena y el resto de las chicas se columpiaban entre la confusión y el temor a que los hechos les salpicaran.
           Los ojos de la jineta apocalíptica brillaron como los de un gato en la oscuridad y una sonrisilla cruel cambió la forma de sus labios.

           La mañana que Federico volvió del hospital a casa, sus hijos se quedaron a comer con nosotros. La jineta me vio salir al jardín corriendo y aprovechó la ausencia para ir al dormitorio de su nonagenario padre y activar el intercomunicado. No me tragaba porque siempre fui una amenaza para su fortuna de su padre. Quería tenerme controlada.
           -Una mosca revoloteando dentro de la urna del Fabergé precipitó los acontecimientos. Iba a devolver la joya antes de que alguien deparara en su ausencia, pero la naturaleza es sabia y actúa con contundencia para que nos descubramos la cabeza ante ella. La mosca fue providencial. Desvelar lo ocurrido, descargó de mis hombros el peso que  doblaba mi espalda. Contaros el sueño ha liberado mis inquietudes y por fin puedo respirar serena.
           Silencio generalizado.
           -Ahora si te pareces a la mujer con la que me hubiera gustado casarme –Gonzalo se levantó y se sirvió un whisky de la mesa donde se había instalado los canapés y las bebidas.
           -¿Me ayudarás si lo necesito? –le pregunté siguiendo sus pasos.
           -Este momento llega tarde. Para algunas cosas no ha vuelta atrás.

           

           

           

 

 

 

domingo, 2 de julio de 2017

Conjeturas



Si Alex supo al día siguiente de la noche de autos  que Federico no había vuelto a ver la luz del sol desde el día anterior, ¿por qué Eva dio la orden de que dejaran dormir a mi marido hasta que yo volviese a casa si eran cómplices?
La respuesta era obvia: la agente de policía había modificado el plan originario.

 Sabía que a la mañana siguiente me reuniría con Alex en su apartamento y que lo haría acompañada del Fabergé.
Con la joya en el poder del hombre por quien estaba perdiendo la cabeza y cuyos sentimientos creía recíprocos, pobre ingenua, mi presencia le estorbaba, por lo que resolvió quitarme de en medio. Para ella sería fácil.

 Esa noche nos sirvió la cena para garantizar que Federico se tomara los sedantes diluidos en la sopa y después comunicó al resto del servicio que yo había dado la orden de que no despertaran al señor hasta mi regreso.
En mi ausencia guardó el blíster vacio en uno de los cajones de la cómoda de mi dormitorio. Lo encontré debajo de un montón de pañuelos mientras elegía el que le regalaría a ella. La nariz se me puso respingona. Todas mis sospechas se materializaron en un instante. Alguien quería que me culparan de la baja obligada de mi marido.

 Según sus previsiones y mis conjeturas,  los resultados de la autopsia arrojarían que la causa de la marcha terrenal de mi marido era debido a la ingesta masiva de barbitúricos.
Casualmente entre mis pertenencias, Eva hallaría el blíster vacío y sus colegas maderos sumarían dos más tres dando en el clavo: joven esposa mata a su marido para heredar su fortuna.
La pelirroja no solo aspiraba a permanecer en la vida de Alex, sino que además pretendía apropiarse del fruto de mi trabajo. En sus elucubraciones no contaba con que el Fabergé siempre estaría bajo mi custodia, pues de tonta, no tengo un pelo, ni con que llegaría a tiempo a la mansión para salvarle la vida a Federico. Eso fue exactamente lo que hice por él: salvarle la vida al hombre con el que me había casado.