domingo, 13 de enero de 2019

Acabando, que es gerundio





Fin del segundo acto.
            La apocalíptica vomitó encima de la pierna del hermano que tenía sentado a su derecha. El afectado se levantó como un resorte del sillón con cara de asco sacudiéndose de la tela del pantalón la papilla ocre con tropezones oscuros con que su hermana, más blanca que la espuma del mar arribando a la orilla, le había obsequiado, poniendo perdida la alfombra bajo sus pies. Las abecedé corrieron, servilletas en mano, a limpiar todo rastro de desecho orgánico expulsado. André ordenó a María que le preparase una manzanilla a la jineta, mientras Rottie la examinaba tumbada sobre el sofá que el trasero de los otros dos hermanos, no afectados por la espontaneidad de su consanguínea, liberaron voluntariosos.

Más temprano que tarde la única hija de Federico fue recuperando el color entre lamentos y sollozos propios de bebé con berrinche. Para cuando ello ocurrió María, de cuclillas delante de ella removía la infusión con una cucharilla. No solo hubo que limpiar el pantalón y la alfombra, las abecedé se afanaron en borrar todo rastro de mal olor del tejido del sofá.

 Gonzalo buscando un poco de privacidad se acercó a la ventana para llamar a casa y decirle a Patricia que no tardaría en volver. Le preguntó por su hijo y sonrió cuando su esposa le contó algo, probablemente nuevo, que había hecho el bebé. Se despidió de ella al tiempo que me descubría observando la escena, con un “te quiero” que me entristeció. Me estaba mirando, pero esta vez no iba dirigido a mí… o sí. Reconozco que me encantaría seguir siendo la única mujer de su vida, pero no se merece el martirio de sufrirme.

 Marina, la sirvienta/ Eva la policía, no cejaba en su empeño de acercarse a Roberto, el impostor / Alex el burlador. Cegada por falsas promesas, después de mi discurso creía que era ella quien le debía una explicación, en un intento desesperado de arreglar lo que creía que tenían. Su ambición amorosa casi mata a mi marido, haciéndome responsable de su desaparición, pero no le guardaba rencor. Solo era una mujer enamorada, como lo soy yo. Hay cosas que no podemos controlar ni en las que no podemos intervenir porque son procesos bioquímicos que se desencadenan en nuestro organismo, imparables.
             Étienne era mi estímulo.

sábado, 5 de enero de 2019

Ménage à trois




Creíamos que nada más podría asombrarnos después de todo lo oído en una tarde virada en noche teñida de confesiones.

Juanibel permanecía sentada en una punta de la cama donde minutos antes su marido y Lola aligeraban el peso de sus cuerpos a través de la sudoración, esperando a que la cupletista saliera del baño, pero quien lo hizo fue Dado, con una toalla blanca rodeándole la cintura, el torso salpicado de gotitas de agua y el pelo mojado cayéndole sobre los ojos del verde más intenso y bonito que Juanibel había contemplado nunca. Miró a su marido, que por la descomposición del rostro habría preferido que Lola se quedara un poco más en la habitación donde los sueños eran posibles, y se echó a reír descontroladamente en un ataque que los dos hombres convinieron de histeria y que era de alivio y liberación.
           Rió a mandíbula batiente hasta que el llanto contenido por varios días se desbordó por sus mejillas. Los amigos, circunspectos estaba paralizados por las sonoras carcajadas que profería la susodicha.
          Transcurrieron varios minutos en los que la palidez de Juanibel se tornó rojo bermellón y sus manos acusaron sobre el vientre el dolor que le producía su propia risa, antes de que el acceso de alegría, locura para los amantes, fuera disminuyendo poco a poco; desinflándose en pequeñas carcajadas de volumen moderado.
          Federico temió la reacción de su esposa una vez volviera en si. Su deslealtad sería menos dolorosa para ella si solo hubiera encontrado a Lola en la habitación. La presencia de Dado acabaría con su matrimonio y sería contraproducente para su reputación que se supiera que se pirraba por un hombre.
          Era el momento de intervenir y cuando Federico trató de hacerlo con un “lo siento” inacabado, su esposa se lo impidió poniéndose el índice sobre los labios. Una súplica asomó a sus ojos. A Federico se le partió el alma.
           -No me excluyas de tu vida. Quiero ser partícipe de cada instante y compartir tu dicha. No me des las sobras de tu amor.
           Su voz se oyó pausada y serena. La observó al levantarse de la cama y dirigirse hacia el abuelo. Juanibel comprendió en un segundo porque los hombres enloquecían con Lola.
           -¿Podrás amarme como a Federico?
           El abuelo le tomó una mano y se la besó suavemente notando el estremecimiento de la esposa de su amigo.
           Fue así como Juanibel se enamoró de Dado.


sábado, 22 de diciembre de 2018

Querida, tu madre.



El comportamiento de Federico los días previos confirmaron las sospechas de Juanibel: no era la única ocupante de su corazón.
            La mañana que siguió a la noche en que notó el gran seísmo bajo sus pies, Federico se marchó sin desayunar en casa. Era la primera vez en los meses que llevaban casados que Juanibel se enfrentaba a la silla vacía; a la ausencia de un marido perdido entre dos mares. Todo intento de quitarse de la cabeza que estaría con Lola fue tiempo desaprovechado.
           Esperó a que regresara y cuando lo hizo a media mañana canturreando, apretó los labios aguantándose la rabia, al notar la boca fría de él sobre su frente en un casto beso, antes de desaparecer detrás de la puerta del despacho, del que no salió hasta la hora del la comida.
           La misma escena se repitió un día después.
            -Tenemos mucho trabajo en oficina.
           Juanbiel asintió con la cabeza y media sonrisa que ocultaban la desazón que la embargaba.
          El tercer día al levantarse de la cama se planteó seguirle, pero imaginárselos  juntos le hizo desterrar tal pensamiento. No estaba preparada. Aún no.
          La cuarta mañana Federico estuvo especialmente atento y cariñoso con ella. Volvió a sentir que ambos formaban parte de un todo; que ella era la única mujer a la que amaba. Se avergonzó de haber interpretado señales inexistentes, producto del temor que le daba que Federico se fijase en otra mujer. Le pertenecía por completo. Se lo  había vuelto a demostrar. Los cuerpos no mienten.
          Se bañaron juntos enjabonándose el uno al otro con suavidad, dejando  escapar suspiros y dando formas distintas al amor hasta quedar exhaustos.

         Juanibel salió del baño para preparar el desayuno en la cocina. Tenía las mejillas arreboladas y una amplia sonrisa embellecía su tez blanquecina. A los pocos minutos Federico se unió a ella, le rodeó la cintura por la espalda y le besó en la mejilla.
         -Esos huevos tienen una pinta espléndida. Es una pena que no pueda quedarme a desayunar contigo. Se me ha hecho tarde, y tú tienes mucho que ver con ello, querida. Te veo a la hora de comida.
         Le volvió a besar en la mejilla y se marchó sin ver la expresión sombría de Juanibel. Toda la luz que rebosaba se apagó en un instante.
         Apagó el fuego, echó los huevos de la sartén en un plato y como si la pared fuera la cara de su marido, los estrelló contra ella.
         Odiaba que Federico le llamara querida.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Indicios




Lo que desencadenó que Juanibel apareciera delante de la puerta de la habitación 37 del Hotel Continental fue la torpeza encadenada de Federico.
No reparaba en el estado hipnótico en que se sumía su marido con cada actuación de la cupletista. Todos los hombres de “La granadina Marité” pasaban por el mismo trance que Federico ante la presencia de Lola en el escenario. Aquella mujer de formas extrañas, poco voluminosas y belleza exótica, era diestra en explotar con movimientos insinuantes de su cuerpo la femineidad soterrada que yacía en ella.
Su voz susurrada erizaba el bello al contacto con los oídos. Acariciaba las palabras con sus labios burdeos y las abandonaba para que otros las atrapara, creyéndose sus destinatarios.
Hubiera seguido sin darle importancia si la noche en la que el oscuro  objeto de deseo se pavoneó entre las mesas, no hubiera detectado en Federico una luz en su mirada que le puso en alerta. Milésimas de segundos le bastaron para percatarse, afligida, que lo que su marido tenía en la mente no era lujuria, ni estaba dando pábulo a sus instintos básicos y bajos, sino que se trata de un sentimiento que crecía sin que lo pudiera detener: “cuando el amor, llega así de esta manera, uno no tiene la culpa”.

La prueba de que no estaba en un error fue el repentino sofoco que le entró a Federico, perlando el nacimiento del pelo sobre la frente de sudor, experimentado lo mismo que la propia Juanibel en el inicio de su relación, siendo ambos unos críos que apenas dejaban atrás la niñez para entrar de lleno en la pubertad, con las hormonas desatadas.

Federico se ausentó de mesa para ir al servicio con el nudo de la corbata aflojado.
Entretanto Juanibel recordaba las palabras que su madre le había dicho pocos días antes se su boda: “A los hombres les gusta visitar jardines ajenos, pero esto no debe preocuparte hija, porque nunca que quedan demasiado tiempo en ellos.”
No estaba dispuesta a ser la esposa permisiva que mira hacia otro lado mientras sus maridos surcan otros mares No tenía la mínima idea de cómo afrontar la situación si se daba, pero de lo que no le cabía duda era de que no iba  a perder a Federico.
-¿Nos vamos, querida?
Juanibel se agarró del brazo de su marido atisbando en una de sus mejillas, cerca de la comisura de los labios, una tizna de polvos blancos como los que ella usaba para disimular el insomnio en su rostro.
Federico había empezado a irse.
Tendría que actuar rápido.

domingo, 16 de septiembre de 2018

Amor




 
            En el supuesto de que me hubiera casado con un hombre al que amara (con Gonzalo lo hice por un capricho altamente probado tonto, y con Federico por interés, aunque en los últimos meses mis sentimientos hacia ambos han virado. Por el primero siento cariño, al segundo me une un afecto tierno), como Étienne, que de amante furtivo en la Aldea de la Reina de Versalles, le concedí licencia para merodear por mi corazón blindando (y me lo destrozó), descubrir a mi marido en albornoz, recién salido de la ducha en la habitación de un hotel con la sospecha de que no está solo, como poco, me hubiera llevado a los demonios, y poseída por la rabia, me hubiera abalanzado sobre él para intentar arrancarle los ojos pese a que después me hubiera tenido que limpiar la viscosidad de las manos. Soy pasional con o sin amnesia.
            Juanibel mantuvo la calma, mortificándole la decepción posó sus ojos de lánguidas pestañas en Federico, que se ajustó el albornoz para esconder sus vergüenzas y con la habitual calidez y dulzura que la caracterizaban preguntó con voz firme:
              -¿Puedo entrar?
              La nuez de Federico aumentó su volumen al tragar saliva, cediéndole el paso a la esposa traicionada.

              En los zapatos de mi marido le hubiera pedido a Juanibel que esperara en el bar del hotel a que bajase a reunirme con ella con una indumentaria más adecuada para los asuntos espinosos que debían tratar, pero Federico dio muestras de su honestidad una vez más.
             -¿Es lo que parece?
             Federico apesadumbrado por el olor que le estaba causando a su esposa, asintió con la cabeza. Juanibel se había sentado a los pies de la cama de sábanas revueltas. Federico frente a ella en una silla tapizada con la misma tela crema que las cortinas.
              -Esto es lo que ni tu ni yo podemos evitar cuando la pasión nos hace sus presas y caemos en la tentación de nuestros cuerpos. No existen explicaciones posibles. El deseo anula la razón. No somos nosotros, es el amor rezumando por los poros. Tú y yo sabemos lo que es.
              Juanibel, con aire de resignada aceptación desvió la vista hacia la puerta del baño, de donde procedía el sonido de un gripo abierto. Se le habían humedecido los ojos, pero no derramó una sola lágrima.
             -Pídele que salga, por favor.
             El padre de mis cuatro hijastros obedeció.
              -Un segundo, amor.
             Amor, amor, amor… “Tu y yo sabemos lo que es”.
            Juanibel lo conocía muy bien.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Entre croasanes y sábanas



“Nos volvimos a ver a la mañana siguiente en la misma mesa de la terraza del hotel Continental… y al siguiente… y al otro hasta que al quinto día, Lola apareció, con un vestido de tirantes verde oliva de seda con vuelo y la melena pelirroja cayéndole sobre los hombros bajo un sutil tocado del mismo color que el vestido con unas flores blancas bordadas.
             -¡Estás impresionante! –balbuceé como consecuencia del nerviosismo que me producía tener tan cerca a aquella enigmática mujer. La más hermosa que he conocido nunca… “

            -¡Faltas a la memoria de mamá!
            La apocalíptica interrumpió una vez más el relato de Federico, al que borró de un golpe la sonrisa nostálgica que le producían los recuerdos. Su boca se convirtió en una línea firme y tensa sobre su rostro arrugado.
            -Si dejas que termine llegaré a la parte en la que tu madre se lo pasaba tan bien como yo en aquella época, aunque descubrir su naturaleza real te desquicie. Fuimos jóvenes como tú lo fuiste alguna vez y nunca consideramos nada de lo que hicimos un error… No estamos en igualdad de condiciones con respecto a ti.
            Segunda estocada en la tarde a la hija quejica e intolerante… El misterio que rodeaba a mi hijastra me suscitaba cada vez más interés… ¿Qué le avergonzaría haber hecho en el pasado tanto como para considerarlo un error en la intachable reputación de una puritana? Presentía que estaba cerca de descubrirlo y que aunque Federico no aprobó su actitud, la apoyó guardando su secreto. ¿Lo conocerían el resto de sus hermanos?

           “Desayunamos frente al mar y después fuimos a la habitación que Lola tenía reservada en el hotel para tratar asuntos de carácter más íntimo.”

           Todos imaginamos cuales eran esos asuntos que a algunos repugnó, a otros asombró y hay quienes en la recreación que hicieron en su mente incluso experimentaron sensaciones nuevas que no les importaría hacer realidad.
           Miré la estampa que tenía ante mis ojos: Gonzalo y Alex, mi ex-marido y mi ex-amante lucían sonrisas jocosas. Alex parecía no tener ya prisa por marcharse y a Gonzalo el cansancio que le había detectado en algunos momentos de la tarde, probablemente porque desde su recién estrenada paternidad dormía menos horas de la que su celebro necesitaba para restablecerse, se acentuaba menos en un cara cada vez más relajada y sonriente.
           Regina continuaba sin procesar a la velocidad habitual todo lo que estaba ocurriendo en la sala. De habérsele pasado por la cabeza grabar cuanto ocurría en la salita del te de la mansión para reproducirlo a sus amistades, se habría quedado sin batería.
            El servicio se miraba entre sí y se sonreían asistiendo a la insólita historia de Federico, al que conocían como un hombre recto, disciplinado y amable, del que  jamás hubieran sospechado que en su juventud el corazón estuviera desbocado, ni que se entregara con tanta facilidad a sus instintos más básicos. Para ellos era lujuria, para mí, amor.
             La incomodidad de mis hijastros la delataba sus traseros inquietos. Cambiaban de postura constantemente, resoplando a menudo y consultando la hora en su reloj con frecuencia. Me detuve en la jineta para disfrutar de la contracción de los músculos de su cara y de los morros porcinos que lucía todo el rato.

           “Los encuentros posteriores a esa primera vez con Lola terminaban en la habitación que el Continental ponía a disposición de la estrella que dos veces al mes deleitaba a sus clientes con una actuación.
           Una mañana, saliendo del baño con el albornoz blanco que el hotel ponía a disposición de los usuarios, abrí la puerta de la habitación, cuando la golpearon dos veces pensando que el mozo nos traía algo que Lola había pedido por teléfono mientras me duchaba. El estupor asomó por mis ojos. Era Juanibel”

domingo, 2 de septiembre de 2018

Malos tiempos



En Junio de 1936, La pequeña compañía se disolvió.
            El abuelo y Víctor se quedaron en Madrid trabajando en el club nocturno y compartiendo una habitación en una pensión cercana. Marité se marchó con sus tíos Mariano y Eugenia a Granada, donde les esperaba el resto de la familia. Los tres insistieron en que el abuelo les acompañara o que volviera a la aldea con sus padres, pero la vida recién descubierta pesó más que el temor a una guerra inminente. Casio se unió a un grupo republicano alojándose en la clandestinidad.
      
            Una noche unos uniformados irrumpieron en el local. Víctor se abalanzó sobre Lola, que cantaba sobre el escenario, cayendo ambos al suelo, al verlos aparecer por la puerta apartando a los clientes a empujones.
            -Cámbiate rápido. No te pueden ver así.

El abuelo reptó veloz como una largatija por el suelo hasta el camerino entre las piernas enloquecidas de los presentes que corrían de un lado a otro del local, intentando salir por alguna parte. Los uniformados tenían franqueada la entrada. Eran diez hombres con cara de pocos amigos y las peores pulgas.
             Víctor volvió al piano y empezó a entonar una melodía… El día que nací yo.
             Convirtiéndose en el centro de atención, ganaría tiempo para que Lola volviera a ser Dado.
             Uno de los invasores se le acercó y le ordenó que dejara de tocar. Lo hizo antes incluso del tiempo previsto por Víctor. Dado tendría que ser muy rápido para borrar de si cualquier vestigio de Lola.
             -Estoy trabajando.
             El primer golpe le cogió desprevenido, el segundo y el tercero, los esperaba. Los que siguieron acabaron de convencerle, tirado en el suelo hecho un ovillo, de que su vida no merecía tanto la pena como la de Dado, que empezaba a vivirla. Al chico le quedaban muchas cosas por hacer aún. El había hecho las que había querido.

 Dado trató de abrirse paso entre la gente cuando vio a su amigo tendido en el suelo con el uniformado dejando las huellas de sus botas en su cuerpo. Víctor, semiinconsciente le indicó que se marchara de allí con un movimiento de cabeza, pero el abuelo puso más empeño aún en llegar hasta donde estaban.
             -¡Basta ya! –le gritó al uniformado.
             -¿Tú también eres rarito como este?
             -Somos hombres que se visten por los pies y no poco hombres que se envalentonan por llevar uniforme.
             El uniformado le dio con la porra en los riñones. El abuelo sintió un dolor inmenso que le cortó el aliento.
             Alguien gritó en la sala en medio del barullo existente algo que cambió el devenir de las cosas.
             -Somos más que ellos.
             Otro hombre repitió la frase, al que le siguieron más clientes alzando sus voces hasta convertirla en un soniquete.
             Los intrusos se miraron entre sí temerosos de las represalias. Los clientes del local les fueron reduciendo con el sonido de sus voces al centro del establecimiento, donde los diez hombres miraban a uno y otro lado.
            Dado se agachó a socorrer a Víctor que cada vez respiraba más despacio.
             -Todo va a estar bien.
             -Ve… te… No… puedes… quedarte aquí…
             -Nos iremos juntos.

Uno de los camareros se les acercó. Solían terminar la noche brindando con ellos cuando todo el mundo se había marchado al despuntar el amanecer.
            -Hazle caso, vete. Yo me ocupo de él. Este no es lugar para ti.
            -No voy a dejarle solo.
            -No estará solo –miró hacia el mostrador-. Solo ayúdame a llevarlo detrás de la barra. Allí correrá menos peligro. Le llevaremos al sanatorio. Le sacaremos por la puerta de atrás… Debes irte.
            El abuelo miró al hombre que le había enseñado a no tener miedo de mostrarse como era, por muy poco que les gustara a los demás. Víctor buscó la mano de Dado mientras le llevaban detrás de la barra, donde otro camarero les esperaba, sin fuerzas para apretársela.
            -Vi…ve…por…los…dos.
            Dado se abrazó al amigo depositando sobre sus labios un beso salado.
            -Cuidaremos de él. ¡Corre!
            Dubitativo se dirigió al almacén desde donde alcanzó el callejón por el que corrió sin saber a hacia dónde dirigirse.
             La felicidad es efímera.