sábado, 17 de febrero de 2018

Superviviencia



            El abuelo esperaba a Federico con un traje blanco, camisa celeste y el pelo engominado hacia atrás, tomándose un café, en una de las mesas de la terraza del Hotel Continental, con vistas al mar.
            Los dos amigos se abrazaron fuertemente, como si la noche anterior no se hubieran saciado del contacto físico que sus cuerpos reclamaban, en compensación a los años que habían estado separados.
           El camarero le trajo a Federico un café sin leche y les sirvió las tostadas que ha habían pedido.
         
           “Dado se había convertido en un hombre extremadamente hermoso. Sus ojos verdes, antaño desprovistos de luz y tristes, resaltaban en la tez bronceada. Las damas que aquella hora acompañaban a sus maridos en otras mesas, desviaban descuidadamente la mirada hacia Dado, que las correspondía con un saludo cortés de cabeza, consiguiendo ruborizarlas y que hicieran uso de un abanico para apaciguar los calores tangerinos.
           -Veo que no solo acaparas la atención de los caballeros, también la damas te rinden pleitesía.
            Dado sonrió de la misma forma sensual que lo hacía Lola.
            -A mujeres y hombres les gusta creer que son capaces de seducir y yo les complazco, proporcionándoles unos segundos de felicidad que pueden almacenarse horas, e incluso días, si sus vidas son anodinas, en su memoria.
            Bebimos de nuestras respectivas tazas de café. Cogí una tostada del plato y le di un mordisco. Estaba hambriento.

-Fíjate en aquella señora –Dado me señaló con la barbilla a una mujer de mediana edad, sentada a dos mesas de distancia de la nuestra, que pasaba el rato leyendo un libro-. Coincido con ella muchas mañanas en esta misma terraza. A veces viene con una amiga, pero casi siempre desayuna sola y nunca le falta un libro con que distraer la soledad –la voz de Dado se había modulado en un susurro-. Mírala un rato. Aunque parece distraída en la lectura, percibirá el interés sobre ella y levantará la vista para confirmar sus sospechas y encontrarse contigo. Cuando  te descubra y vuestras miradas se crucen, salúdala con una sonrisa comedida. Las sonrisas amplias no son naturales y denotan prepotencia y  esa no es la impresión que queremos causarle, la incomodaría. Si sigues las indicaciones al pie de la letra, conseguirás hacerla sentir especial y quizás única. Subirás su autoestima y desaparecerá de su rostro ese halo melancólico que parce envolver su vida.
           Hice exactamente lo que me sugirió y en los siguientes minutos la expresión de la mujer rejuveneció diez años. Un simple gesto obra milagros.
            -¿Cómo sabes tanto de seducción?
            Acababa de asistir a una clase magistral impartida por una eminencia en la materia, impensable en el tímido Dado niño.
            Mi amigo estaba de vuelta de muchas cosas. Se había curtido. O le habían curtido.
            -Supervivencia".




sábado, 10 de febrero de 2018

El pasado eres tú




-No se puede olvidar el pasado cuando se tiene delante.
Federico me miró después de pronunciar estas palabras que llevo clavadas en el alma. Se casó con el futuro de su pasado, y desde hacía tres años, éramos el presente de Dado, de Federico y de mi misma.

           No era consciente de lo mucho que nos parecíamos físicamente el abuelo y yo. Nos dábamos un aire, era cierto, pero pensaba que era porque ambos éramos el retrato de mi madre, que conservaba el atractivo de su padre en su rostro y su elegancia natural. Había heredado esa belleza, y los pasos de los años habían matizado sus rasgos en mi piel. Federico no era a mí a quien veía, cuando me miraba, sino a su querido amigo, y estaba dispuesto a rescatarme de mi egocentrismo, aun a riesgo de ser de las pocas cosas que le quedaran por hacer en la vida.

          “-¡Dado! –nos abrazamos una, dos, hasta tres veces-. No te imaginas lo mucho que pienso en ti –cuarto abrazo.- No me puedo creer que te tenga delante de mí.
           Lola desapareció con su melena ondulada y la sensualidad que rezumaba por cada poro de la piel para que el amigo al que extrañaba tanto presidiera aquel momento.
          Marité, la propietaria del local, abrió la puerta sin avisar y nos sorprendió pecho contra pecho, con mis brazos rodeando los hombros de Dado y los suyos en mi espalda.
          -Disculpen la interrupción, pero a Lola la esperan fuera para que continúe cantando y a su esposa le inquieta su ausencia. Hace unos minutos me manifestaba su preocupación porque su indisposición se hubiera agravado.
           Nos separamos embargados por la emoción del encuentro.

            Dado rodeó la cintura de Marité denotando que entre los dos existía una relación más estrecha que la empresarial.
            -Él es el amigo del que te hablé.
           Marité abrió mucho los ojos reconociéndome en la persona que Dado le había descrito. Ignoraba que le había contado sobre mí, pero por la expresión de su cara, era obvio que me considera de suma importancia en la vida de Dado.
            -Ella es mi ángel de la guarda – le besó en la mejilla-. Desayuno todas las mañanas en el Hotel Continental. Podríamos reunirnos mañana a las diez en la terraza. Las vistas al mar son espectaculares.
           -Allí estaré, amigo.
           Otro abrazo.
           -Primero salga usted Federico y márchese con su esposa –miró a Lola-. Tú saldrás cuando te mande aviso. Toda preocupación es poca.
           Federico besó la mano de Marité en señal de agradecimiento.
           En ella teníamos una aliada.

sábado, 20 de enero de 2018

Cábalas



             -¿Qué pasó después?
            Gonzalo, con el vaso de whisky en la mano, formuló la pregunta que a todos nos rondaba por la cabeza y sobre cuya respuesta habíamos hecho cábalas secretas.
             Mis entrañables hijastros apostaron porqué, tras el descubrimiento del vagón de tren sobre la estantería,  su padre abofeteó al abuelo y se marchó dando un portazo después de escupirle los pies. La apocalíptica llegó más lejos que sus hermanos y no contenta con las bofetadas, dobló a Lola por la mitad al recibir ésta un fuerte puñetazo en el estómago con el puño cerrado.

 Gonzalo, por el conocimiento que tenía de Federico, un hombre cabal, cauto y templado que gestionaba las emociones con maestría, optó porque mi marido se despidió de Lola con la cabeza baja por el peso de la pesadumbre sobre su espalda y salió del camerino con la intención de no verla nunca más. Era evidente que la vida los volvió a unir de nuevo en algún otro momento de sus existencias, pero en ese los separó temporalmente.

Entre el servicio también había diversidad de opiniones. André no pensó en nada. Se mantuvo erguido todo el tiempo sin pronunciar palabra o manifestar pensamiento alguno.
            María calzándose los zapatos de Federico, hubiera estrellado el dichoso vagón contra el espejo mirando don desprecio a la cupletista, a la que una esquirla de cristal le habría saltado a la cara y dibujado una línea roja en la mejilla como castigo divino a su perfidia.
            Marina –la sirvienta- y Eva –la agente infiltrada amante y enamorada de Alex-, menos afectada por mi relato con el transcurso de las horas y con el rostro visiblemente más relajado, tal vez habiendo asumido que su carrera en los cuerpos de seguridad había terminado, en consenso consigo misma, no dudaba que Federico le recriminó a su amigo de infancia el engaño al que le había sometido ocultándole su verdadera identidad y soltándole un sermón purista sobre lealtad y honestidad.
             Las Abcedé cuchichearon entre si: “Seguro que el señor se fue sin decir ni mu”, “no,no, se fue después de leerle la cartilla al abuelo de la señora”, “quien se fue es Lola. En la sala la esperaban para cantar…”
            Brígida tenía un único pensamiento: “esta casa es de locos”.

Alex tenía claro que para celebrar el reencuentro, los dos amigos se enrollaron en el diván. Daba por hecho que había uno, como en todos los camerinos de casi mediados de siglo XX, para que la estrella del espectáculo reposara unos minutos antes de atender a los admiradores que hacían cola por verla a solas.
            Regina… Regina continuaba con la boca abierta. Habría olvidado como cerrarla.

 Federico nos miró uno por uno intuyendo que nuestra cabezas era una olla a presión donde se cocinaban suculentas ideas.
            -Abracé a mi amigo.




sábado, 9 de diciembre de 2017

Lazos poderosos



             Nos quedamos estupefactos.
             Los veinte primeros segundos no se oyó el aleteo de una mosca, ni una sola respiración y si el techo se hubiera derrumbado sobre nuestras cabezas, habríamos permanecido con la vista puesta en Federico.

 El silencio sepulcral fue alterado por el balbuceo ininteligible de la llanera, a la que el labio inferior le temblaba descontroladamente.
             La sala se llenó de sonidos mezclados entre sí.
             El servicio emitió onomatopeyas “guau”, “oink” y en interjecciones “ah”, “oh”, repetidamente, excepto André, que impertérrito a lo que acabábamos de oír, le sirvió una taza de tila a la solitaria, en estado de shock transitorio.

 Mis hijastros varones murmuraban incrédulos: “no puede ser, no puede ser”, “está desvariando, hay que hacer algo”, “por todos los santos, que monstruosidad”.
             Alex, loco por marcharse de allí, inseguro en terreno desconocido, estalló en una serie de carcajadas sonoras y encadenadas, preso de una reacción nerviosa: “están zumbados”.
             A Regina se le abrió tanto la boca que faltó poco para que se le desencajase.

Gonzalo se levantó del tresillo, se encaminó hacia la mesa de las bebidas y se sirvió un whisky, el tercero, buscando con la mirada mi aprobación. De buena gana le hubiera acompañado en la ingesta de alcohol, pero me quedé al lado de Federico, al que Brígida le tomaba la tensión por segunda vez aquella tarde, que había virado en noche, para mostrarle mi comprensión y apoyo. Lo que nos había contado me afectaba de alguna manera y le preocupaba cómo podría reaccionar. De niños mitificamos a los abuelos y temía que su confesión provocara que Dado, dejara de presidir en mis recuerdos de infancia, el lugar que se merecía. Me agaché a su vera y deposité un cálido beso sobre su mano. Asintió aliviado con la cabeza.

Jamás juzgaría a personas que se dejaran llevar por sus sentimientos. El amor no entiende de géneros.
            Comprendía el silencio de mi madre respecto del abuelo y su cambio brusco de actitud cuando pretendía ahondar en su biografía. Ignoraba cuanto sabía mi madre de su padre, pero intuía que ocultaba cosas de su vida que tal vez la avergonzaban, desaprobaba o ambas cosas a la vez o quizás no había sabido encajar.
            Le gustara o no, con dolor o sin él, nos debíamos una conversación de esas que incomodan y que son necesarias para avanzar hacia adelante en lugar de estancarse en un mismo punto.

 El abuelo era sorprendente. Un hombre al que me hubiera gustado conocer más y que mi egocentrismo lo alejó de mí. Le perdí cuando tenía dieciséis años en Haití. Había viajado allí en busca de inspiración para sus lienzos. El huracán Jeanne le arrastró mar adentro y nunca nos devolvió su cuerpo. A veces pienso que se salvó y vive en una bonita isla caribeña. Que se reinventó una vez más a sí mismo y que es feliz.

 Recuerdo a los dos amigos en la sobremesa de una comida familiar charlando animadamente. Ni por asomo se me hubiera pasado por la mente que la admiración y respecto que se mostraban constantemente, iba más allá de una vieja amistad.
              Les unían lazos más poderosos.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Vagones



“Lola era alta y esbelta sin formas demasiado definidas. Caminaba exageradamente como la diva que era. Los clientes se desvivían por complacerla, albergando la esperanza de conseguir sus favores. Llenaban su camerino de chocolates y flores y cuando entre sus labios carmesí apresaba un cigarrillo, acudían solícitos a encendérselo. Ella disfruta de las atenciones de sus admiradores pero no alternaba con ninguno de ellos.”

             Federico la siguió hasta su camerino una noche.
             “Cuando cantaba con aquella voz tan sensual no podía apartar los ojos y cuando los suyos me buscaban me alborotaba por dentro. Estaba embrujado. No podía evitar que el corazón me palpitara en exceso ni que la respiración se me entrecortara. Las manos me sudaban y sentía un calor abrasador dejar un rastro de lava en su recorrido por el esófago.
             -¿Te encuentras bien, querido?
            Me desabroché dos botones de la camisa.
            -Voy al servicio y nos marchamos. Esta noche hace mucho calor aquí dentro.
           Tranquilicé a Juanabel, cuya única preocupación era yo.”

          La cupletista terminó de interpretar una canción y bajó del escenario para descansar unos minutos antes de proseguir con el recital. Federico fue detrás de ella, pero en lugar de detenerse en el servicio de caballeros, lo hizo en la puerta del camerino. Al verlo allí parado cuando se disponía a cerrarla, Lola sonrió como si llevara tiempo esperándole…
           -¡Furcia!
           La jineta apocalíptica se pronunció concomida por la rabia. Federico continuó con sus recuerdos pasando por alto la interrupción.

          “Me abalancé sobre ella sin pensarlo y la besé contra el espejo de la pared, perpendicular a la entrada, con furia. Notando como la ola de calor me arrasaba culminándome al sentir sus manos rodeando mi cuello y correspondiendo con el mismo desenfreno a mi impetuosidad.”

          La apocalíptica no pudo contener un grito de lo más inoportuno. Los presentes, el servicio incluido, estábamos de lo más enganchados a ese beso desfogado que mi marido protagonizó con Lola la cupletista y me atrevería a asegurar que algunas entrepiernas palpitaron.
           -¿Cómo pudiste ser desleal a madre?
           La entrepierna de la jineta se mantenía inalterable.
           -Hija, aún no he terminado de contároslo todo y posiblemente tú seas la menos indicada para reprocharme nada… ¿Debo recordártelo?
           La llanera solitaria apretó los labios y le pidió a André que le trajera un vaso de agua… Así que mi estimada hijastra había experimentado la erupción en volcanes ajenos. Qué madeja de lana más atractiva para tirar del hilo.

             “Sucumbimos a un deseo incontrolado. Lola me enloquecía. Despertaba a la bestia que habitaba en mí y la mecía entres sus brazos. No podía despegarme de su cuerpo. Era un imán cuyo campo magnético era posible eludir. Con ella perdía toda cordura, y en ella me habría perdido si unos nudillos no hubieran golpeado la puerta, para que continuara con el espectáculo. Volví al lugar y tiempo del que había huido a su lado recobrando poco a poco el seño, y me aparté bruscamente de ella, consciente de lo lejos que podía haber llegado aquello si no nos hubieran interrumpido.
              Avergonzado por dejarme llevar por mis instintos y culpable por haber traicionado a Juanabel, levanté la mirada del suelo para disculparme y entonces lo vi reflejado en el espejo. Estaba sobre una estantería al lado de un jarrón con flores y unos guantes rojos. El corazón me dio un vuelco.
               El vagón”.




domingo, 26 de noviembre de 2017

Noches con son





 
      Al estallar la guerra civil Federico llevaba cuatro meses viviendo en Tetuán. Allí trabajaba para su futuro suegro, que además de ostentar un cargo militar en el Protectorado español en Marruecos, negociaba con Inglaterra, Francia y Alemania, países en continuos conflictos entre sí.
      Federico nos barrió a todos con la mirada deteniéndose en Gonzalo, al que las actividades del anciano en el pasado le exasperaban sintiendo repugnancia al oírle hablar sobre ellas. Le tenía por un hombre íntegro que se había mantenido al margen de conveniencias partidistas pero muy al contrario, se había metido en todos los ajos porque sus intereses iban en otra dirección, aunque esto supusiera la desgracia de terceros.

            “No me siento orgulloso de lo que hacía, pero era joven y vivir al borde del abismo tenía un componente adictivo muy atractivo.”

            A los veintidós años contrajo matrimonio con Juanabel a la que describió como una mujer hermosa, sencilla y discreta: “Lo mejor con lo que la vida me pudo haber premiado”.
            Adquirieron una casa en Tánger, en la que nacieron algunos de sus hijos.

            “La etapa en Tánger fue la de mayor esplendor de nuestra vida. Salíamos por las noches, trasnochábamos, nos levantábamos tarde por las mañanas… Descubrimos una forma diferente de vivir la vida, lejos de convencionalismos sociales. Tánger era nuestro paraíso clandestino. Estábamos bajo el régimen franquista y la libertad era un utopía de la que disfrutábamos en secreto.”

            Los recién casados frecuentaban un club nocturno regentado por una granadina que se había hecho a sí misma, ayudándose de su lozanía y de los hombres. En aquellos días de excesos, una cupletista española amenizaba las noches con su voz grave en La Granadina Marité.
            “Lola era una criatura de una belleza exótica extrema. De cuerpo anguloso y mirada verde, tenía una aura misteriosa que nos cautivaba a todos.”
            Al terminar la actuación saludaba a los clientes en agradecimiento a su asidua existencia. Una noche se acercó a la mesa que ocupaban Federico y Juanabel. Él se levantó torpemente y le besó la mano enguantada sin que sus pupilas se perdieran de vista. Siempre llevaba las manos cubiertas.

           “Amaba a vuestra madre, era la mujer de mi vida, pero la cercanía de Lola me producía una corriente eléctrica que me recorría el cuerpo de pies a cabeza.
            -Le presento a mi esposa.
            Las dos mujeres se besaron con recelo y cortesía a partes iguales.
            -Sería un honor que nos acompañara el resto de la velada.
            Lola negó con la cabeza y una dulzura maligna en sus ojos clorofila.
            -En otra ocasión.
            Se contorneó entre las mesas haciendo que los caballeros se levantasen a su paso zigzagueado y desapareció por el pasillo donde estaba el camerino.
Estaba bajo su influjo.”

domingo, 19 de noviembre de 2017

Destino planeado




            Lo racional hubiera sido preguntar, normalizar el asunto y tratarlo con naturalidad. Las explicaciones lógicas son recurrentes y yo necesitaba una que me satisficiera, pero temía que Étienne no la tuviera y que el hecho de que titubeara un ápice en su explicación confirmara mi hipótesis. No soy racional, si lo fuera nada de lo sucedido se hubiera dado. Me muevo por impulsos, por prontos de apenas unos segundos que afectan al resto de mi existencia.

            La casualidad jugó a su favor.
            Me vio en la exposición aquella tarde en que me sumergí en un océano de emociones delante de la obra pictórica de Jacobo Silex y mientras me observaba ideó un plan que empezaría a desarrollar con la tarjeta de la Academia de pintura que le pidió a una de las azafatas que me entregara. Lo demás llegaría con el tiempo. Esperó, esperó y esperó hasta verme entrar en el aula interrumpiendo con mi perplejidad la clase de pintura. Le bastó que nuestras miradas se cruzasen para saber que me tenía en sus manos. El resto sería sencillo.

           Puse la mesa menos dicharachera de lo que estaba actuando como pinche. Luego me acerqué a él y me abracé a su cintura por la espalda apoyando la mejilla húmeda en su omoplato.
           -Te quiero –susurré sin pretender que me oyera más para mí resignación que para que él lo supiera.
           -Je t’aime, mon amour.
           Se giró en mi dirección y me besó en la frente rodeándome con sus brazos. Dejé escapar un suspiro.
           Aquella era nuestra última noche.
           Nuestro amor, mi amor duraría toda la vida, el suyo hasta despuntar el alba.