domingo, 3 de junio de 2018

El debut




“-¿Marité y tu sois…? –Federico se interrumpió antes de definir la relación que suponía a la gerente del club nocturno que frecuentaba y al abuelo con una palabra que de ser la acertada, le dolería: amantes.
             -Lo fuimos –el abuelo se apresuró a responder para acortar el padecimiento que detectó en su amigo, entendiendo al mismo tiempo que el vínculo que unía a Federico con la mujer que le presentó como su esposa, no era tan poderoso como el que tenían ellos -. Confundí enamoramiento con deslumbramiento y durante meses viví enamorado de una quimera. Marité jamás sembró esperanzas en mí, fue muy clara conmigo. Le interesaba que compartiéramos momentos íntimos pero sin complicaciones emocionales. Para ella era sencillo separar el placer de los sentimientos, estaba acostumbrada a hacerlo. Para mí no fue fácil y en cada encuentro que teníamos me enamorada un poco más de ella –sonrió condescendiente-. Entonces no sabía que estaba deslumbrado por todas esas cosas que desconocía y aprendía a su lado. Marité fue mi instructora y al cabo de los años mi salvadora.”

 En el mundo fantástico en que vivía no fui consciente hasta que Federico nos desveló el encuentro con el abuelo en Tánger, de que la guerra civil española, que por otra parte nunca me había interesado porque me parecía un tema  añejo que me quedaba lejos, afectó a una parte de mi familia y el modo en que lo hizo les fortaleció para salir adelante. Intuía que lo que el abuelo le contó a Federico a continuación, fue la parte más desagradable de su existencia y no necesité una cebolla cortada por la mitad, para que en los párpados inferiores de mis ojos, apareciera una cortina de lágrimas, al imaginar las atrocidades a las que tuvo que hacer frente él y todos aquellos que no tenían la posición privilegiada de Federico.

 “Debuté en Madrid, en el club que nos contrató.
               Al ver a toda aquella gente, en su mayoría hombres que nublaban el local de humo con sus cigarrillos encendidos, las piernas me titubearon.
               Era mayo de 1936. La situación política del país era convulsa y había quienes aseguraban que una guerra iba a estallar en cualquier momento. Yo esperaba que estuvieran equivocados.
              Víctor me acompañaba al piano. Me gritó para que reaccionara: “Vamos Lola, a ellos no les importa quién eres, solo lo que ven. Dales lo que quieren”.
              Las primeras notas empezaron a sonar. Estaba paralizado en el escenario, temeroso de que la voz no me saliera del cuerpo… “soy Lola, soy Lola, soy Lola” me repetía continuamente para convencerme de que Dado no estaba allí conmigo. El regresaría a la mañana siguiente, pero la noche era de ella.
              Los versos de la canción apagó las voces de quienes me instaban a que empezara a cantar. Temblorosa, Lola entonó: “el día que nací yo, qué planeta reinaría. Por donde quiera que voy, que mala estrella me guía…”

sábado, 26 de mayo de 2018

Dado y Lola




            “Estuvimos cuatro meses recorriendo el norte de España en la vieja camioneta que Mariano había adquirido años atrás en un trueque en Francia, antes de llegar a Madrid… Ahí me detendré más tarde.
            Casio y yo nos encargábamos de montar el escenario y de velar porque el espectáculo saliera bien. Compartíamos habitación en los hostales y pensiones donde nos alojábamos.
             Víctor me observaba a menudo desconfiado. Desde que nos presentaron tuve la impresión de que no le caía bien, pero después de unirme a la compañía, me di cuenta de que no le caía bien nadie. La única persona con la que tenía una estrecha relación era con Marité, su confidente y quien conocía al detalle cada paso que había dado en la vida o iba a dar. La actitud de Víctor era distante y prepotente. Se creía una estrella… Quizás en otros tiempos lo hubiera sido pero en la Pequeña Compañía era uno más y para el mundo era tan insignificante como cualquier de nosotros.”

             Al abuelo se le empañaron los ojos y se le hizo un nudo en garganta. Bebió un poco del agua del vaso que le había pedido al camarero que le trajera y continuó con el relato.

            “Habíamos llegado a La Joyosa, un pueblo de no más de quinientos habitantes donde montábamos el escenario. Víctor ese día estaba más obstinado que nunca en seguir de cerca cada uno de mis movimientos con descaro y sin recato. Me puso nervioso, me inquietó. Saberme tan observado me incomodaba y se me pasó por la cabeza la idea de que estaba esperando a que cometiera alguna torpeza para hablar con Mariano y que me echaran de la compañía. Muy al contrario me sorprendieron sus palabras cuando decidió que era el momento  de dirigírmelas.
            -Eres mono… -se deleitó en cada sílaba pronunciada como si fueran de chocolate y se las estuvieran derritiendo en la boca lentamente… muy despacio.
            Miré a Casio no entendiendo nada, que se echó a reír, turbándome más. Pensé que me estaban tomando el pelo. No, no cantaba. No lo había hecho nunca.
             -Te puedo enseñar a entonar. Tienes presencia –me miró de arriba abajo haciéndome sentir más incomodo que antes y noté cierta lascivia en sus ojos. Las manos me empezaron a sudar. Tragué saliva… varias veces -. Eres joven… un poco de aire fresco al espectáculo no le vendría mal. El repertorio se está quedando vetusto.
             Me estaba gastando una broma o se había vuelto majareta, de lo que no cabía duda es que disfrutaba del momento.
             -Soy vergonzoso –acerté a decir aun a riesgo de convertirme en el centro de sus burlas.
             -Solucionaremos eso más adelante. Te daré unas clases y si sirves, tendrás un lugar en el mundo del espectáculo… guapo.
             Víctor exageraba, pero sin quererlo se convirtió en mi pigmalión y yo, con la ayuda de Marité, que fue su cómplice, y a la que amaba en secreto aunque ella solo buscaba en mí el calor de un cuerpo joven e inexperto, en la habitación de un hostal aragonés, me transformé en Lola”.

domingo, 20 de mayo de 2018

Vida



 

“Mi voz corrió por las aldeas cercanas donde vendía los quesos por las mañanas. No hubo vecino que no se enterara de que en la plaza de la fuente, una compañía de varietés haría su función, al acercarse la noche.
             Esa misma tarde muchos curiosos se acercaron a ver como la plaza se iba transformando en un escenario inusitado. Mariano, que era el director de la compañía agradeció mi ayuda cuando se la ofrecí. Delante de la fuente, enganchamos una lona negra a dos estructuras metálicas desmontables. Varias veces mis ojos se cruzaron con los de Marité, que respondía con una sonrisa, mientras yo agachaba la cabeza ruborizado porque me hubiera pillado mirándola.
             Los vecinos, por iniciativa propia encendieron pequeñas hogueras con troncos delimitados por piedras que formaban círculos, para combatir el frío del invierno y entusiasmados sacaron sillas que dispusieron en filas.
            Fue una noche memorable que empezó con Mariano, el maestro de ceremonias, dando la bienvenida a los presentes. Marité animó la velada con “Pichi” y “Los nardos”, que los espectadores acogieron con agrado y palmas. Víctor, que en el escenario se movía como el divo que se creía en la vida real, emocionó con “Volver” y “El día que me quieras” y al finalizar el espectáculo Mariano, con voz de barítono, impresionó con un tango poco oído en nuestras tierras, mientras Eugenia y Víctor bailaban a su lado, Gira, Gira”.
           Dado tomó un sorbo de su café. Federico cogió otra tostada del plato.
           -No podía apartar la vista de Marité –Un sorbito más corto de café-. Me obnubiló… Bueno, sabes lo que eso".
          
            Federico sabía perfectamente lo que significaba hacer lo contrario a lo que se quería como si una fuerza misteriosa se lo impusiera. Le pasaba con Lola y con Dado. No tenía claro quién le seducía más.

 “Me quedé a desmontar el escenario, deseando que la noche se alargase para no tener que volver a casa aún. Solo hacía unas horas que conocía a La pequeña compañía, pero sentía como uno más de ellos.
             -Cena con nosotros, estás invitado.
             Mariano me dio unas palmaditas en la espalda. Casio me estrechó la mano. Eugenia me sonrió. Víctor me miró con la altivez con que miraba a todo el mundo y Marité… Marité me cogió del brazo para que les acompañara al bar, donde Rosario había preparado tortilla de patatas y pescado a la plancha con tomate frito. Esa misma noche, compartiendo historias y risas, me enrolé en la mayor aventura de mi vida”.

domingo, 13 de mayo de 2018

El baúl




“Los tres hombres de la compañía bajaban las maletas de la camioneta dejándolas al lado de la puerta del hostal donde las mujeres esperaban, ajustándose los abrigos al cuerpo. Las primeras horas de la  mañana eran frías y hasta que el sol no brillaba con el esplendor de una bola de fuego, la sensación térmica era muy baja.
            -Eh, chico –me giré al reconocer la voz del hombre gordo-. ¿Nos echas una mano con el baúl? Este tiene brazos de mantequilla y le necesito entero para la función de la noche –dijo mirando con sorna al hombre trajeado que le correspondió con una mirada desdeñosa.
            -Claro.
           Al dejar la cesta que contenían los quesos en el suelo, la mujer joven me brindó unas palabras con deje altanero y dulce.
            -Pierde cuidado, velaré por ellos.

Nuestros ojos se encontraron por primera vez a menos de un metro de distancia. La chica tenía pocos años más que yo. De fina estampa, piel clara, los ojos marrones y el pelo negro recogido en un moño bajo, su belleza no igualaba a la de ninguna otra mujer que hubiera visto antes, ni siquiera a la de las señoras que vivían en Madrid y llevaban a sus hijos al colegio de la Orden de los misericordiosos que dirigía el padre Simón. Un mechón ondulado  le caía por la frente hasta detrás de la oreja. Era preciosa.
            -Gracias señorita.
            Me sonrió consiguiendo que me ardieran las mejillas.

            Entre los tres bajamos el baúl de la camioneta,  siguiendo las instrucciones del trajeado, que se tomaba muy en serio el papel logístico que se había otorgado a sí mismo. Lo dejamos en el vestíbulo del hostal. Como por aquella puerta no entraba nadie, no estorbaba ni molestaba a nadie.
            -Gracias muchacho –el hombre corpulento se limpió el sudor que le caía por la frente con la manga de la camisa y luego me la estrechó-. Mi nombre es Mariano y dirijo la Pequeña compañía. Éste es Celso –señaló al copiloto –y el señorito mantequilla es Víctor.
            Les estreché a ambos hombres la mano. Víctor, pese a su porte de galán, tenía un aire fino que no lo distinguía demasiado de una mujer educada con los mejores perceptores.
            Fuera del hostal las dos mujeres aguardaban nuestro regreso.
            Mariano fue el primero en salir a su encuentro.
            -Y aquí tenemos a mis dos piedras preciosas, mi mujer Eugenia y mi sobrina Marité.
           Nunca me habían presentado formalmente a dos damas, por lo que no sabía cómo debía comportarme. Nervioso y torpe les besé la mano, gesto al que no estaban acostumbradas, supe algún tiempo después, y que les halagó sobremanera. Los hombres las trataban con la prepotencia de creerse con derechos sobre ellas, por dedicarse al mundo del espectáculo.
          -Estás invitado a la función de esta noche que vamos hacer aquí mismo –repasó la plaza con la mirada.- A las ocho –miró la cesta de mimbre –. Corre la voz de que esta noche será inolvidable, entre los vecinos.
          Y lo fue.

domingo, 6 de mayo de 2018

La pequeña compañía



            La presencia impuesta por Federico de Alex en la reunión, terminada mi intervención, era un misterio para los asistentes, incluido para el propio Alex, que en su marcha se las habría ingeniado para desaparecer de la ciudad un temporada larga, como mínimo hasta que los hechos oníricos que yo había  relatado prescribieran. Estaba convencido, como todos los demás de que mi despliegue de sinceridad tendría consecuencias con la justicia, y que Federico, con tanta reminiscencia centenaria,  solo estaba demorando el momento de que me detuvieran, la policía hiciera lo mismo con él y con Mariona/Eva, en calidad de cómplice en sus tejemanejes.

           No a más tardar descubriríamos que todo quedaba en familia, pero antes Federico tenía que ocuparse de la época de su vida en la que fue más feliz… Tánger.

           Los dos amigos se estaban sentados en la terraza del Continental, frente al mar, donde Dado le relató los fragmentos de su vida que les había vuelto a unir en un país extranjero.

         “A principios de 1936 a la aldea llegaron unos comediantes que recorrían en una destartalada camioneta los pueblos de todas las regiones con un espectáculo de varietés.

Se apearon delante del único hostal que había, en la plaza de la fuente. El conductor, un hombre corpulento con pelo en los laterales de la cabeza,  descendió del vehículo, seguido del copiloto, más delgado y alto que el primer hombre y se dirigieron a la parte de atrás para ayudar a bajarse a dos mujeres, una mayor que la otra, y a un hombre trajeado con una línea de pelos enfilados encima del labio superior. Los cinco desfilaron hacia el interior del hostal.

           Atravesé la plaza con paso rápido y entré por la puerta por la que segundos antes lo habían hecho los forasteros. En la aldea nunca pasaba nada de interés, por lo que la llegada de cinco desconocidos en una camioneta, suscitó curiosidad en el vecino más joven de los alrededores.

            Antoliano es el propietario del hostal junto a su esposa Rosario, una casa  
de dos alturas construida en piedra, con seis habitaciones en la primera planta y un baño que da servicio a los dormitorios, y que eventualmente ocupan viajantes que están de paso por la zona. Antoliano y Rosario viven de lo que le da el bar de la planta baja, al que algunos vecinos van a comer al mediodía o durante la sobremesa juegan al dominó o al mus.

          Me quedé en la puerta parado observando ensimismado a los personajes más variopintos que había visto en la vida.

El hombre gordo hablaba con Antoliano mientras que el resto miraba con interés el vestíbulo del hostal, del que ascendía una escalera de madera que conducía al primer piso. En la planta baja, en una habitación contigua al bar, se hospedaban Antoliano y Rosario.

Todos excepto el hombre gordo se giraron en mi dirección al percibir el olor de los quesos. Obedecí a Antoliano cuando me indicó que entrara en la cocina, donde Rosario me esperaba. Me abrí pasó entre los visitantes y desaparecí por la puerta que hay detrás del mostrador. Al poco Antoliano entró e informó a su mujer de que durante dos días iban a tener huéspedes y que esa noche, habría un espectáculo. La cara se me iluminó”.
 
 

sábado, 10 de marzo de 2018

Aquella vez




La cocina de la casa que los padres de Gonzalo nos regalaron con motivo de nuestro enlace matrimonial, para que iniciáramos en ella una vida en común que duró un suspiro, era espaciosa, de diseño, con muebles en wengué y tiradores grises, tendencia en aquellos años, y electrodomésticos en acero inoxidables.
            En el  centro una isla con vitrocerámica incrustada y encimeras negras en silestone, sobre las que se podía comer, ocupaba parte de la estancia.

           Prefería hacer las comidas en el salón y no donde las haría el servicio de cualquier casa, pero aquel fin de semana, en el que la tensión masticada dejaba un sabor amargo desagradable, lo que menos me apetecía después de haber dormido a pierna suelta y levantarme fresca como una manzana, era cruzarme con mi marido y su cara de pocos amigos, al que las bolsas bajo los ojos favorecían nada y envejecían considerablemente. Decidí desayunar en la cocina.

Removiendo el café con leche que hice solita, sin ayuda de nadie, siguiendo las instrucciones del manual de la cafetera que encontré rebuscando en uno de los cajones, en las circunferencias que dibujaba con la cuchara, vi a Étienne.
           Tenía que haberle pedido el teléfono para vernos en el siguiente viaje que hiciera a París y profundizar en un conocimiento más exhaustivo. Nuestro encuentro era lo mejor que me había pasado en varios meses y me supo a poco. Mis recuerdos se desvanecen. No sé en qué instante cogí el cuchillo, pero me di cuenta de que estaba escribiendo su nombre en la mantequilla en la segunda n.

Gonzalo entró en la cocina envuelto en un aire solemne que no hacía justicia a su nobleza. Cerré la terrina apresuradamente. Se sirvió un vaso de zumo de melocotón de la nevera y con indiferencia, se marchó. No volví a pensar en la mantequilla hasta que Gonzalo me lo recordó.
           -Cuando te encerraste en el dormitorio me preparé unas tostadas. No había dormido nada, estaba cansado pero sobre todo decepcionado. Al destapar la terrina, vi escrito su nombre en la mantequilla. Al principio pensé que era uno de los crueles jueguecitos que practicabas para divertirte, pero  pronto sentí el peso de la traición sobre los hombros. Me destrozaste.
           Gonzalo rememoraba aquel momento con sorna. El tiempo pone cada cosa en su lugar y Gonzalo ocupaba el de hombre curtido al que el pasado no puede dañar.
           -Fui muy torpe.
           Inmensamente torpe… Reconocí la realidad.
           -Durante un tiempo me convencí que el tal Étienne era la causa por la que rompiste nuestro matrimonio, pero continuaste con tu vida sin él. Quise creer que al menos en una cosa no me habías mentido, y que planeaste el divorcio antes de conocerme utilizándome como tonto útil.
           La razón le asistía.
           Si Yuco no me hubiera pedido con sus ojillos negros que le soltara, jamás hubiera tenido la necesidad de sentirme libre como él cuando salió por la puerta de la jaula.
           Convertí a Gonzalo en mi carcelero para escapar de su prisión.
           -La inmadurez es un rasgo distintivo de mi identidad… Lamento lo que hice, me caes bien –sí, Gonzalo me caía bien, le apreciaba e incluso le tenía afecto. Era el único novio que había tenido y también mi primer marido-. Por lo que sé de mí, no me habría casado con cualquiera. Para relaciones sociales al parecer soy muy selectiva. Si te elegí a ti es porque en el fondo quería que me salvaras de mi misma. Seguramente confié en que lo hicieras, pero tu amor no era suficiente para colmar un corazón tan vacío como el mío.
           -Un discurso poético impropio de ti. Algo está cambiando.
           -Tu percepción.
          En el silencio que se hizo entre ambos, Gonzalo se terminó mi sándwich.
           -Has mencionado a varios amantes.
          Gonzalo desvió la vista hacia Alex que estaba de pie junto a la falsa Marina. Su conversación no era fluida, pero al menos intercambiaban impresiones supuse que sobre los engaños que ambos habían usado para alcanzar sus propósitos.
           -En la cafetería donde me citaste antes de cambiar el Fabergé por una réplica, sobre la servilleta te entretuviste dibujando círculos y cuadrados con el dedo. Distraída o tal vez fruto de tu subconsciente esas figuras geométricas fueron transformándose en letras. El trazo era limpio. Siguiendo tu dedo se podía leer perfectamente que escribías una y otra vez Alex –hizo una pausa en la que nos sostuvimos la mirada varios segundos. Nos calibramos-. Federico confirmó mis sospechas días más tarde. Ya sabes que le informé de la conversación que mantuvimos aquel día. Algo te rondaba por la cabeza y Federico debía estar alerta.
           Nos encaminábamos a ocupar nuestros sitios cuando una repentina curiosidad me asaltó.
           -¿Qué hiciste con la alianza de boda?
           -Me la tragué con un tinto; la deposité en el inodoro y tiré de la cadena. 
           Solté una carcajada que fijó todos los ojos sobre mí. Nunca me ha importado ser el centro de atención.

sábado, 3 de marzo de 2018

Vaho




Me senté en el alféizar de la ventana que daba al jardín.
            Desde primera hora de la mañana me esforzaba en que todo lo concerniente a Étienne me resbalase por la piel como gotas de lluvia deslizándose por una superficie lisa. Procuraba ser fuerte. No permitirle que ocupara un solo segundo mis pensamientos, pero mis pensamientos llevaban su nombre. Si querer escribí con el dedo, en el vaho que exhalé por la boca sobre el cristal de la ventana, la palabra maldita, como si fuera uno de los lienzos para los que él posaba su desnudez.
            -Si es el hombre por el que sufres, te está  bien empleado.
            La silueta de Gonzalo apareció reflejada en el vidrio al mismo tiempo que  Étienne desaparecía de él. Me traía un sándwich de pavo en un plato, de los muchos que María había preparado en la cocina, siguiendo instrucciones de André.
           Cogí el plato mirando el triangulo de pan de molde integral sin mucho apetito. Reprimí las náuseas que la comida a veces me daba en los últimos días.
           -Si no tienes hambre con las horas que llevamos aquí, tu sufrimiento supera mis expectativas.
           -No malgastes el tiempo intentando hallar un resquicio de humanidad en mí. Soy tan despiadada que disfruto de la vulnerabilidad de los demás. Me alimento de su fragilidad. Entre mis defectos no se encuentra la empatía.
           -¿Es lo que te han contado?
           -De forma sutil para no herirme…-dejé el plato con el sándwich a un lado del alféizar-. En la reconstrucción de mi misma he llegado a la conclusión de que soy nociva. No tengo corazón. No siento. No padezco.
          -Pero encontraste a Étienne y eso cambia las cosas… ¿Es el mismo Étienne de Versalles?

Un repentino calor me ardió en las mejillas desbocándome el corazón. Las ganas de vomitar volvieron, producto del nerviosismo que la pregunta de Gonzalo había desencadenado. Mi cuerpo era una olla con agua rompiendo a hervir en su interior.
            Gonzalo continuó hablando consciente de mi inquietud.
            -Amnésica o no, escribes los nombres de tus amantes sobre cualquier superficie –se sentó frente a mí poniendo mi sándwich sobre su plato.- Al poco de volver de París, el último fin de semana  que pasamos juntos después de que me pidieras el divorcio, en la mantequilla habías escrito su nombre: Étienne –soltó una carcajada irónica-. La tostada se me hizo una pasta seca en la boca que escupí. Lo hubiera hecho en tu cara –se arrepintió al instante del comentario proferido y agachó la cabeza-. Hice conjeturas y todo empezó a encajar. Tu desaparición en Versalles, un guía llamado Étienne… La sala de los espejos, donde os vi por última vez…
           Años pensando que Gonzalo aquel día no se enteraba de nada, absorto en su mundo contemplativo, y leyó el nombre de Étienne en la tarjeta que le identificaba como guía, pendida de su camiseta, justo encima del corazón en el que no había sabido quedarme.