sábado, 10 de marzo de 2018

Aquella vez




La cocina de la casa que los padres de Gonzalo nos regalaron con motivo de nuestro enlace matrimonial, para que iniciáramos en ella una vida en común que duró un suspiro, era espaciosa, de diseño, con muebles en wengué y tiradores grises, tendencia en aquellos años, y electrodomésticos en acero inoxidables.
            En el  centro una isla con vitrocerámica incrustada y encimeras negras en silestone, sobre las que se podía comer, ocupaba parte de la estancia.

           Prefería hacer las comidas en el salón y no donde las haría el servicio de cualquier casa, pero aquel fin de semana, en el que la tensión masticada dejaba un sabor amargo desagradable, lo que menos me apetecía después de haber dormido a pierna suelta y levantarme fresca como una manzana, era cruzarme con mi marido y su cara de pocos amigos, al que las bolsas bajo los ojos favorecían nada y envejecían considerablemente. Decidí desayunar en la cocina.

Removiendo el café con leche que hice solita, sin ayuda de nadie, siguiendo las instrucciones del manual de la cafetera que encontré rebuscando en uno de los cajones, en las circunferencias que dibujaba con la cuchara, vi a Étienne.
           Tenía que haberle pedido el teléfono para vernos en el siguiente viaje que hiciera a París y profundizar en un conocimiento más exhaustivo. Nuestro encuentro era lo mejor que me había pasado en varios meses y me supo a poco. Mis recuerdos se desvanecen. No sé en qué instante cogí el cuchillo, pero me di cuenta de que estaba escribiendo su nombre en la mantequilla en la segunda n.

Gonzalo entró en la cocina envuelto en un aire solemne que no hacía justicia a su nobleza. Cerré la terrina apresuradamente. Se sirvió un vaso de zumo de melocotón de la nevera y con indiferencia, se marchó. No volví a pensar en la mantequilla hasta que Gonzalo me lo recordó.
           -Cuando te encerraste en el dormitorio me preparé unas tostadas. No había dormido nada, estaba cansado pero sobre todo decepcionado. Al destapar la terrina, vi escrito su nombre en la mantequilla. Al principio pensé que era uno de los crueles jueguecitos que practicabas para divertirte, pero  pronto sentí el peso de la traición sobre los hombros. Me destrozaste.
           Gonzalo rememoraba aquel momento con sorna. El tiempo pone cada cosa en su lugar y Gonzalo ocupaba el de hombre curtido al que el pasado no puede dañar.
           -Fui muy torpe.
           Inmensamente torpe… Reconocí la realidad.
           -Durante un tiempo me convencí que el tal Étienne era la causa por la que rompiste nuestro matrimonio, pero continuaste con tu vida sin él. Quise creer que al menos en una cosa no me habías mentido, y que planeaste el divorcio antes de conocerme utilizándome como tonto útil.
           La razón le asistía.
           Si Yuco no me hubiera pedido con sus ojillos negros que le soltara, jamás hubiera tenido la necesidad de sentirme libre como él cuando salió por la puerta de la jaula.
           Convertí a Gonzalo en mi carcelero para escapar de su prisión.
           -La inmadurez es un rasgo distintivo de mi identidad… Lamento lo que hice, me caes bien –sí, Gonzalo me caía bien, le apreciaba e incluso le tenía afecto. Era el único novio que había tenido y también mi primer marido-. Por lo que sé de mí, no me habría casado con cualquiera. Para relaciones sociales al parecer soy muy selectiva. Si te elegí a ti es porque en el fondo quería que me salvaras de mi misma. Seguramente confié en que lo hicieras, pero tu amor no era suficiente para colmar un corazón tan vacío como el mío.
           -Un discurso poético impropio de ti. Algo está cambiando.
           -Tu percepción.
          En el silencio que se hizo entre ambos, Gonzalo se terminó mi sándwich.
           -Has mencionado a varios amantes.
          Gonzalo desvió la vista hacia Alex que estaba de pie junto a la falsa Marina. Su conversación no era fluida, pero al menos intercambiaban impresiones supuse que sobre los engaños que ambos habían usado para alcanzar sus propósitos.
           -En la cafetería donde me citaste antes de cambiar el Fabergé por una réplica, sobre la servilleta te entretuviste dibujando círculos y cuadrados con el dedo. Distraída o tal vez fruto de tu subconsciente esas figuras geométricas fueron transformándose en letras. El trazo era limpio. Siguiendo tu dedo se podía leer perfectamente que escribías una y otra vez Alex –hizo una pausa en la que nos sostuvimos la mirada varios segundos. Nos calibramos-. Federico confirmó mis sospechas días más tarde. Ya sabes que le informé de la conversación que mantuvimos aquel día. Algo te rondaba por la cabeza y Federico debía estar alerta.
           Nos encaminábamos a ocupar nuestros sitios cuando una repentina curiosidad me asaltó.
           -¿Qué hiciste con la alianza de boda?
           -Me la tragué con un tinto; la deposité en el inodoro y tiré de la cadena. 
           Solté una carcajada que fijó todos los ojos sobre mí. Nunca me ha importado ser el centro de atención.

sábado, 3 de marzo de 2018

Vaho




Me senté en el alféizar de la ventana que daba al jardín.
            Desde primera hora de la mañana me esforzaba en que todo lo concerniente a Étienne me resbalase por la piel como gotas de lluvia deslizándose por una superficie lisa. Procuraba ser fuerte. No permitirle que ocupara un solo segundo mis pensamientos, pero mis pensamientos llevaban su nombre. Si querer escribí con el dedo, en el vaho que exhalé por la boca sobre el cristal de la ventana, la palabra maldita, como si fuera uno de los lienzos para los que él posaba su desnudez.
            -Si es el hombre por el que sufres, te está  bien empleado.
            La silueta de Gonzalo apareció reflejada en el vidrio al mismo tiempo que  Étienne desaparecía de él. Me traía un sándwich de pavo en un plato, de los muchos que María había preparado en la cocina, siguiendo instrucciones de André.
           Cogí el plato mirando el triangulo de pan de molde integral sin mucho apetito. Reprimí las náuseas que la comida a veces me daba en los últimos días.
           -Si no tienes hambre con las horas que llevamos aquí, tu sufrimiento supera mis expectativas.
           -No malgastes el tiempo intentando hallar un resquicio de humanidad en mí. Soy tan despiadada que disfruto de la vulnerabilidad de los demás. Me alimento de su fragilidad. Entre mis defectos no se encuentra la empatía.
           -¿Es lo que te han contado?
           -De forma sutil para no herirme…-dejé el plato con el sándwich a un lado del alféizar-. En la reconstrucción de mi misma he llegado a la conclusión de que soy nociva. No tengo corazón. No siento. No padezco.
          -Pero encontraste a Étienne y eso cambia las cosas… ¿Es el mismo Étienne de Versalles?

Un repentino calor me ardió en las mejillas desbocándome el corazón. Las ganas de vomitar volvieron, producto del nerviosismo que la pregunta de Gonzalo había desencadenado. Mi cuerpo era una olla con agua rompiendo a hervir en su interior.
            Gonzalo continuó hablando consciente de mi inquietud.
            -Amnésica o no, escribes los nombres de tus amantes sobre cualquier superficie –se sentó frente a mí poniendo mi sándwich sobre su plato.- Al poco de volver de París, el último fin de semana  que pasamos juntos después de que me pidieras el divorcio, en la mantequilla habías escrito su nombre: Étienne –soltó una carcajada irónica-. La tostada se me hizo una pasta seca en la boca que escupí. Lo hubiera hecho en tu cara –se arrepintió al instante del comentario proferido y agachó la cabeza-. Hice conjeturas y todo empezó a encajar. Tu desaparición en Versalles, un guía llamado Étienne… La sala de los espejos, donde os vi por última vez…
           Años pensando que Gonzalo aquel día no se enteraba de nada, absorto en su mundo contemplativo, y leyó el nombre de Étienne en la tarjeta que le identificaba como guía, pendida de su camiseta, justo encima del corazón en el que no había sabido quedarme.



sábado, 17 de febrero de 2018

Superviviencia



            El abuelo esperaba a Federico con un traje blanco, camisa celeste y el pelo engominado hacia atrás, tomándose un café, en una de las mesas de la terraza del Hotel Continental, con vistas al mar.
            Los dos amigos se abrazaron fuertemente, como si la noche anterior no se hubieran saciado del contacto físico que sus cuerpos reclamaban, en compensación a los años que habían estado separados.
           El camarero le trajo a Federico un café sin leche y les sirvió las tostadas que ha habían pedido.
         
           “Dado se había convertido en un hombre extremadamente hermoso. Sus ojos verdes, antaño desprovistos de luz y tristes, resaltaban en la tez bronceada. Las damas que aquella hora acompañaban a sus maridos en otras mesas, desviaban descuidadamente la mirada hacia Dado, que las correspondía con un saludo cortés de cabeza, consiguiendo ruborizarlas y que hicieran uso de un abanico para apaciguar los calores tangerinos.
           -Veo que no solo acaparas la atención de los caballeros, también la damas te rinden pleitesía.
            Dado sonrió de la misma forma sensual que lo hacía Lola.
            -A mujeres y hombres les gusta creer que son capaces de seducir y yo les complazco, proporcionándoles unos segundos de felicidad que pueden almacenarse horas, e incluso días, si sus vidas son anodinas, en su memoria.
            Bebimos de nuestras respectivas tazas de café. Cogí una tostada del plato y le di un mordisco. Estaba hambriento.

-Fíjate en aquella señora –Dado me señaló con la barbilla a una mujer de mediana edad, sentada a dos mesas de distancia de la nuestra, que pasaba el rato leyendo un libro-. Coincido con ella muchas mañanas en esta misma terraza. A veces viene con una amiga, pero casi siempre desayuna sola y nunca le falta un libro con que distraer la soledad –la voz de Dado se había modulado en un susurro-. Mírala un rato. Aunque parece distraída en la lectura, percibirá el interés sobre ella y levantará la vista para confirmar sus sospechas y encontrarse contigo. Cuando  te descubra y vuestras miradas se crucen, salúdala con una sonrisa comedida. Las sonrisas amplias no son naturales y denotan prepotencia y  esa no es la impresión que queremos causarle, la incomodaría. Si sigues las indicaciones al pie de la letra, conseguirás hacerla sentir especial y quizás única. Subirás su autoestima y desaparecerá de su rostro ese halo melancólico que parce envolver su vida.
           Hice exactamente lo que me sugirió y en los siguientes minutos la expresión de la mujer rejuveneció diez años. Un simple gesto obra milagros.
            -¿Cómo sabes tanto de seducción?
            Acababa de asistir a una clase magistral impartida por una eminencia en la materia, impensable en el tímido Dado niño.
            Mi amigo estaba de vuelta de muchas cosas. Se había curtido. O le habían curtido.
            -Supervivencia".




sábado, 10 de febrero de 2018

El pasado eres tú




-No se puede olvidar el pasado cuando se tiene delante.
Federico me miró después de pronunciar estas palabras que llevo clavadas en el alma. Se casó con el futuro de su pasado, y desde hacía tres años, éramos el presente de Dado, de Federico y de mi misma.

           No era consciente de lo mucho que nos parecíamos físicamente el abuelo y yo. Nos dábamos un aire, era cierto, pero pensaba que era porque ambos éramos el retrato de mi madre, que conservaba el atractivo de su padre en su rostro y su elegancia natural. Había heredado esa belleza, y los pasos de los años habían matizado sus rasgos en mi piel. Federico no era a mí a quien veía, cuando me miraba, sino a su querido amigo, y estaba dispuesto a rescatarme de mi egocentrismo, aun a riesgo de ser de las pocas cosas que le quedaran por hacer en la vida.

          “-¡Dado! –nos abrazamos una, dos, hasta tres veces-. No te imaginas lo mucho que pienso en ti –cuarto abrazo.- No me puedo creer que te tenga delante de mí.
           Lola desapareció con su melena ondulada y la sensualidad que rezumaba por cada poro de la piel para que el amigo al que extrañaba tanto presidiera aquel momento.
          Marité, la propietaria del local, abrió la puerta sin avisar y nos sorprendió pecho contra pecho, con mis brazos rodeando los hombros de Dado y los suyos en mi espalda.
          -Disculpen la interrupción, pero a Lola la esperan fuera para que continúe cantando y a su esposa le inquieta su ausencia. Hace unos minutos me manifestaba su preocupación porque su indisposición se hubiera agravado.
           Nos separamos embargados por la emoción del encuentro.

            Dado rodeó la cintura de Marité denotando que entre los dos existía una relación más estrecha que la empresarial.
            -Él es el amigo del que te hablé.
           Marité abrió mucho los ojos reconociéndome en la persona que Dado le había descrito. Ignoraba que le había contado sobre mí, pero por la expresión de su cara, era obvio que me considera de suma importancia en la vida de Dado.
            -Ella es mi ángel de la guarda – le besó en la mejilla-. Desayuno todas las mañanas en el Hotel Continental. Podríamos reunirnos mañana a las diez en la terraza. Las vistas al mar son espectaculares.
           -Allí estaré, amigo.
           Otro abrazo.
           -Primero salga usted Federico y márchese con su esposa –miró a Lola-. Tú saldrás cuando te mande aviso. Toda preocupación es poca.
           Federico besó la mano de Marité en señal de agradecimiento.
           En ella teníamos una aliada.

sábado, 20 de enero de 2018

Cábalas



             -¿Qué pasó después?
            Gonzalo, con el vaso de whisky en la mano, formuló la pregunta que a todos nos rondaba por la cabeza y sobre cuya respuesta habíamos hecho cábalas secretas.
             Mis entrañables hijastros apostaron porqué, tras el descubrimiento del vagón de tren sobre la estantería,  su padre abofeteó al abuelo y se marchó dando un portazo después de escupirle los pies. La apocalíptica llegó más lejos que sus hermanos y no contenta con las bofetadas, dobló a Lola por la mitad al recibir ésta un fuerte puñetazo en el estómago con el puño cerrado.

 Gonzalo, por el conocimiento que tenía de Federico, un hombre cabal, cauto y templado que gestionaba las emociones con maestría, optó porque mi marido se despidió de Lola con la cabeza baja por el peso de la pesadumbre sobre su espalda y salió del camerino con la intención de no verla nunca más. Era evidente que la vida los volvió a unir de nuevo en algún otro momento de sus existencias, pero en ese los separó temporalmente.

Entre el servicio también había diversidad de opiniones. André no pensó en nada. Se mantuvo erguido todo el tiempo sin pronunciar palabra o manifestar pensamiento alguno.
            María calzándose los zapatos de Federico, hubiera estrellado el dichoso vagón contra el espejo mirando don desprecio a la cupletista, a la que una esquirla de cristal le habría saltado a la cara y dibujado una línea roja en la mejilla como castigo divino a su perfidia.
            Marina –la sirvienta- y Eva –la agente infiltrada amante y enamorada de Alex-, menos afectada por mi relato con el transcurso de las horas y con el rostro visiblemente más relajado, tal vez habiendo asumido que su carrera en los cuerpos de seguridad había terminado, en consenso consigo misma, no dudaba que Federico le recriminó a su amigo de infancia el engaño al que le había sometido ocultándole su verdadera identidad y soltándole un sermón purista sobre lealtad y honestidad.
             Las Abcedé cuchichearon entre si: “Seguro que el señor se fue sin decir ni mu”, “no,no, se fue después de leerle la cartilla al abuelo de la señora”, “quien se fue es Lola. En la sala la esperaban para cantar…”
            Brígida tenía un único pensamiento: “esta casa es de locos”.

Alex tenía claro que para celebrar el reencuentro, los dos amigos se enrollaron en el diván. Daba por hecho que había uno, como en todos los camerinos de casi mediados de siglo XX, para que la estrella del espectáculo reposara unos minutos antes de atender a los admiradores que hacían cola por verla a solas.
            Regina… Regina continuaba con la boca abierta. Habría olvidado como cerrarla.

 Federico nos miró uno por uno intuyendo que nuestra cabezas era una olla a presión donde se cocinaban suculentas ideas.
            -Abracé a mi amigo.




sábado, 9 de diciembre de 2017

Lazos poderosos



             Nos quedamos estupefactos.
             Los veinte primeros segundos no se oyó el aleteo de una mosca, ni una sola respiración y si el techo se hubiera derrumbado sobre nuestras cabezas, habríamos permanecido con la vista puesta en Federico.

 El silencio sepulcral fue alterado por el balbuceo ininteligible de la llanera, a la que el labio inferior le temblaba descontroladamente.
             La sala se llenó de sonidos mezclados entre sí.
             El servicio emitió onomatopeyas “guau”, “oink” y en interjecciones “ah”, “oh”, repetidamente, excepto André, que impertérrito a lo que acabábamos de oír, le sirvió una taza de tila a la solitaria, en estado de shock transitorio.

 Mis hijastros varones murmuraban incrédulos: “no puede ser, no puede ser”, “está desvariando, hay que hacer algo”, “por todos los santos, que monstruosidad”.
             Alex, loco por marcharse de allí, inseguro en terreno desconocido, estalló en una serie de carcajadas sonoras y encadenadas, preso de una reacción nerviosa: “están zumbados”.
             A Regina se le abrió tanto la boca que faltó poco para que se le desencajase.

Gonzalo se levantó del tresillo, se encaminó hacia la mesa de las bebidas y se sirvió un whisky, el tercero, buscando con la mirada mi aprobación. De buena gana le hubiera acompañado en la ingesta de alcohol, pero me quedé al lado de Federico, al que Brígida le tomaba la tensión por segunda vez aquella tarde, que había virado en noche, para mostrarle mi comprensión y apoyo. Lo que nos había contado me afectaba de alguna manera y le preocupaba cómo podría reaccionar. De niños mitificamos a los abuelos y temía que su confesión provocara que Dado, dejara de presidir en mis recuerdos de infancia, el lugar que se merecía. Me agaché a su vera y deposité un cálido beso sobre su mano. Asintió aliviado con la cabeza.

Jamás juzgaría a personas que se dejaran llevar por sus sentimientos. El amor no entiende de géneros.
            Comprendía el silencio de mi madre respecto del abuelo y su cambio brusco de actitud cuando pretendía ahondar en su biografía. Ignoraba cuanto sabía mi madre de su padre, pero intuía que ocultaba cosas de su vida que tal vez la avergonzaban, desaprobaba o ambas cosas a la vez o quizás no había sabido encajar.
            Le gustara o no, con dolor o sin él, nos debíamos una conversación de esas que incomodan y que son necesarias para avanzar hacia adelante en lugar de estancarse en un mismo punto.

 El abuelo era sorprendente. Un hombre al que me hubiera gustado conocer más y que mi egocentrismo lo alejó de mí. Le perdí cuando tenía dieciséis años en Haití. Había viajado allí en busca de inspiración para sus lienzos. El huracán Jeanne le arrastró mar adentro y nunca nos devolvió su cuerpo. A veces pienso que se salvó y vive en una bonita isla caribeña. Que se reinventó una vez más a sí mismo y que es feliz.

 Recuerdo a los dos amigos en la sobremesa de una comida familiar charlando animadamente. Ni por asomo se me hubiera pasado por la mente que la admiración y respecto que se mostraban constantemente, iba más allá de una vieja amistad.
              Les unían lazos más poderosos.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Vagones



“Lola era alta y esbelta sin formas demasiado definidas. Caminaba exageradamente como la diva que era. Los clientes se desvivían por complacerla, albergando la esperanza de conseguir sus favores. Llenaban su camerino de chocolates y flores y cuando entre sus labios carmesí apresaba un cigarrillo, acudían solícitos a encendérselo. Ella disfruta de las atenciones de sus admiradores pero no alternaba con ninguno de ellos.”

             Federico la siguió hasta su camerino una noche.
             “Cuando cantaba con aquella voz tan sensual no podía apartar los ojos y cuando los suyos me buscaban me alborotaba por dentro. Estaba embrujado. No podía evitar que el corazón me palpitara en exceso ni que la respiración se me entrecortara. Las manos me sudaban y sentía un calor abrasador dejar un rastro de lava en su recorrido por el esófago.
             -¿Te encuentras bien, querido?
            Me desabroché dos botones de la camisa.
            -Voy al servicio y nos marchamos. Esta noche hace mucho calor aquí dentro.
           Tranquilicé a Juanabel, cuya única preocupación era yo.”

          La cupletista terminó de interpretar una canción y bajó del escenario para descansar unos minutos antes de proseguir con el recital. Federico fue detrás de ella, pero en lugar de detenerse en el servicio de caballeros, lo hizo en la puerta del camerino. Al verlo allí parado cuando se disponía a cerrarla, Lola sonrió como si llevara tiempo esperándole…
           -¡Furcia!
           La jineta apocalíptica se pronunció concomida por la rabia. Federico continuó con sus recuerdos pasando por alto la interrupción.

          “Me abalancé sobre ella sin pensarlo y la besé contra el espejo de la pared, perpendicular a la entrada, con furia. Notando como la ola de calor me arrasaba culminándome al sentir sus manos rodeando mi cuello y correspondiendo con el mismo desenfreno a mi impetuosidad.”

          La apocalíptica no pudo contener un grito de lo más inoportuno. Los presentes, el servicio incluido, estábamos de lo más enganchados a ese beso desfogado que mi marido protagonizó con Lola la cupletista y me atrevería a asegurar que algunas entrepiernas palpitaron.
           -¿Cómo pudiste ser desleal a madre?
           La entrepierna de la jineta se mantenía inalterable.
           -Hija, aún no he terminado de contároslo todo y posiblemente tú seas la menos indicada para reprocharme nada… ¿Debo recordártelo?
           La llanera solitaria apretó los labios y le pidió a André que le trajera un vaso de agua… Así que mi estimada hijastra había experimentado la erupción en volcanes ajenos. Qué madeja de lana más atractiva para tirar del hilo.

             “Sucumbimos a un deseo incontrolado. Lola me enloquecía. Despertaba a la bestia que habitaba en mí y la mecía entres sus brazos. No podía despegarme de su cuerpo. Era un imán cuyo campo magnético era posible eludir. Con ella perdía toda cordura, y en ella me habría perdido si unos nudillos no hubieran golpeado la puerta, para que continuara con el espectáculo. Volví al lugar y tiempo del que había huido a su lado recobrando poco a poco el seño, y me aparté bruscamente de ella, consciente de lo lejos que podía haber llegado aquello si no nos hubieran interrumpido.
              Avergonzado por dejarme llevar por mis instintos y culpable por haber traicionado a Juanabel, levanté la mirada del suelo para disculparme y entonces lo vi reflejado en el espejo. Estaba sobre una estantería al lado de un jarrón con flores y unos guantes rojos. El corazón me dio un vuelco.
               El vagón”.