domingo, 16 de septiembre de 2018

Amor




 
            En el supuesto de que me hubiera casado con un hombre al que amara (con Gonzalo lo hice por un capricho altamente probado tonto, y con Federico por interés, aunque en los últimos meses mis sentimientos hacia ambos han virado. Por el primero siento cariño, al segundo me une un afecto tierno), como Étienne, que de amante furtivo en la Aldea de la Reina de Versalles, le concedí licencia para merodear por mi corazón blindando (y me lo destrozó), descubrir a mi marido en albornoz, recién salido de la ducha en la habitación de un hotel con la sospecha de que no está solo, como poco, me hubiera llevado a los demonios, y poseída por la rabia, me hubiera abalanzado sobre él para intentar arrancarle los ojos pese a que después me hubiera tenido que limpiar la viscosidad de las manos. Soy pasional con o sin amnesia.
            Juanibel mantuvo la calma, mortificándole la decepción posó sus ojos de lánguidas pestañas en Federico, que se ajustó el albornoz para esconder sus vergüenzas y con la habitual calidez y dulzura que la caracterizaban preguntó con voz firme:
              -¿Puedo entrar?
              La nuez de Federico aumentó su volumen al tragar saliva, cediéndole el paso a la esposa traicionada.

              En los zapatos de mi marido le hubiera pedido a Juanibel que esperara en el bar del hotel a que bajase a reunirme con ella con una indumentaria más adecuada para los asuntos espinosos que debían tratar, pero Federico dio muestras de su honestidad una vez más.
             -¿Es lo que parece?
             Federico apesadumbrado por el olor que le estaba causando a su esposa, asintió con la cabeza. Juanibel se había sentado a los pies de la cama de sábanas revueltas. Federico frente a ella en una silla tapizada con la misma tela crema que las cortinas.
              -Esto es lo que ni tu ni yo podemos evitar cuando la pasión nos hace sus presas y caemos en la tentación de nuestros cuerpos. No existen explicaciones posibles. El deseo anula la razón. No somos nosotros, es el amor rezumando por los poros. Tú y yo sabemos lo que es.
              Juanibel, con aire de resignada aceptación desvió la vista hacia la puerta del baño, de donde procedía el sonido de un gripo abierto. Se le habían humedecido los ojos, pero no derramó una sola lágrima.
             -Pídele que salga, por favor.
             El padre de mis cuatro hijastros obedeció.
              -Un segundo, amor.
             Amor, amor, amor… “Tu y yo sabemos lo que es”.
            Juanibel lo conocía muy bien.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Entre croasanes y sábanas



“Nos volvimos a ver a la mañana siguiente en la misma mesa de la terraza del hotel Continental… y al siguiente… y al otro hasta que al quinto día, Lola apareció, con un vestido de tirantes verde oliva de seda con vuelo y la melena pelirroja cayéndole sobre los hombros bajo un sutil tocado del mismo color que el vestido con una flores blancas bordadas.
             -¡Estás impresionante! –balbuceé como consecuencia del nerviosismo que me producía tener tan cerca a aquella enigmática mujer. La más hermosa que he conocido nunca… “

            -¡Faltas a la memoria de mamá!
            La apocalíptica interrumpió una vez más el relato de Federico, al que borró de un golpe la sonrisa nostálgica que le producían los recuerdos. Su boca se convirtió en una línea firme y tensa sobre su rostro arrugado.
            -Si dejas que termine llegaré a la parte en la que tu madre se lo pasaba tan bien como yo en aquella época, aunque descubrir su naturaleza real te desquicie. Fuimos jóvenes como tú lo fuiste alguna vez y nunca consideramos nada de lo que hicimos un error… No estamos en igualdad de condiciones con respecto a ti.
            Segunda estocada en la tarde a la hija quejica e intolerante… El misterio que rodeaba a mi hijastra me suscitaba cada vez más interés… ¿Qué le avergonzaría haber hecho en el pasado tanto como para considerarlo un error en la intachable reputación de una puritana? Presentía que estaba cerca de descubrirlo y que aunque Federico no aprobó su actitud, la apoyó guardando su secreto. ¿Lo conocerían el resto de sus hermanos?

           “Desayunamos frente al mar y después fuimos a la habitación que Lola tenía reservada en el hotel para tratar asuntos de carácter más íntimo.”

           Todos imaginamos cuales eran esos asuntos que a algunos repugnó, a otros asombró y hay quienes en la recreación que hicieron en su mente incluso experimentaron sensaciones nuevas que no les importaría hacer realidad.
           Miré la estampa que tenía ante mis ojos: Gonzalo y Alex, mi ex-marido y mi ex-amante lucían sonrisas jocosas. Alex parecía no tener ya prisa por marcharse y a Gonzalo el cansancio que le había detectado en algunos momentos de la tarde, probablemente porque desde su recién estrenada paternidad dormía menos horas de la que su celebro necesitaba para restablecerse, se acentuaba menos en un cara cada vez más relajada y sonriente.
           Regina continuaba sin procesar a la velocidad habitual todo lo que estaba ocurriendo en la sala. De habérsele pasado por la cabeza grabar cuanto ocurría en la salita del te de la mansión para reproducirlo a sus amistades, se habría quedado sin batería.
            El servicio se miraba entre sí y se sonreían asistiendo a la insólita historia de Federico, al que conocían como un hombre recto, disciplinado y amable, del que  jamás hubieran sospechado que en su juventud el corazón estuviera desbocado, ni que se entregara con tanta facilidad a sus instintos más básicos. Para ellos era lujuria, para mí, amor.
             La incomodidad de mis hijastros la delataba sus traseros inquietos. Cambiaban de postura constantemente, resoplando a menudo y consultando la hora en su reloj con frecuencia. Me detuve en la jineta para disfrutar de la contracción de los músculos de su cara y de los morros porcinos que lucía todo el rato.

           “Los encuentros posteriores a esa primera vez con Lola terminaban en la habitación que el Continental ponía a disposición de la estrella que dos veces al mes deleitaba a sus clientes con su actuación.
           Una mañana, saliendo del baño con el albornoz blanco que el hotel ponía a disposición de los usuarios, abrí la puerta de la habitación, cuando la golpearon dos veces pensando que el mozo nos traía algo que Lola había pedido por teléfono mientras me duchaba. El estupor asomó por mis ojos. Era Juanibel”

domingo, 2 de septiembre de 2018

Malos tiempos



En Junio de 1936, La pequeña compañía se disolvió.
            El abuelo y Víctor se quedaron en Madrid trabajando en el club nocturno y compartiendo una habitación en una pensión cercana. Marité se marchó con sus tíos Mariano y Eugenia a Granada, donde les esperaba el resto de la familia. Los tres insistieron en que el abuelo les acompañara o que volviera a la aldea con sus padres, pero la vida recién descubierta pesó más que el temor a una guerra inminente. Casio se unió a un grupo republicano alojándose en la clandestinidad.
      
            Una noche unos uniformados irrumpieron en el local. Víctor se abalanzó sobre Lola, que cantaba sobre en el escenario, cayendo ambos al suelo, al verlos aparecer por la puerta apartando a los clientes a empujones.
            -Cámbiate rápido. No te pueden ver así.

El abuelo reptó veloz como una largatija por el suelo hasta el camerino entre las piernas enloquecidas de los presentes que corrían de un lado a otro del local, intentando salir por alguna parte. Los uniformados tenían franqueada la entrada. Eran diez hombres con cara de pocos amigos y las peores pulgas.
             Víctor volvió al piano y empezó a entonar una melodía… El día que nací yo.
             Convirtiéndose en el centro de atención, ganaría tiempo para que Lola volviera a ser Dado.
             Uno de los invasores se le acercó y le ordenó que dejara de tocar. Lo hizo antes incluso del tiempo previsto por Víctor. Dado tendría que ser muy rápido para borrar de si cualquier vestigio de Lola.
             -Estoy trabajando.
             El primer golpe le cogió desprevenido, el segundo y el tercero, los esperaba. Los que siguieron acabaron de convencerle, tirado en el suelo hecho un ovillo, de que su vida no merecía tanto la pena como la de Dado, que empezaba a vivirla. Al chico le quedaban muchas cosas por hacer aún. El había hecho las que había querido.

 Dado trató de abrirse paso entre la gente cuando vio a su amigo tendido en el suelo con el uniformado dejando las huellas de sus botas en su cuerpo. Víctor, semiinconsciente le indicó que se marchara de allí con un movimiento de cabeza, pero el abuelo puso más empeño aún en llegar hasta donde estaban.
             -¡Basta ya! –le gritó al uniformado.
             -¿Tú también eres rarito como este?
             -Somos hombres que se visten por los pies y no poco hombres que se envalentonan por llevar uniforme.
             El uniformado le dio con la porra en los riñones. El abuelo sintió un dolor inmenso que le cortó el aliento.
             Alguien gritó en la sala en medio del barullo existente algo que cambió el devenir de las cosas.
             -Somos más que ellos.
             Otro hombre repitió la frase, al que le siguieron más clientes alzando sus voces hasta convertirla en un soniquete.
             Los intrusos se miraron entre sí temerosos de las represalias. Los clientes del local les fueron reduciendo con el sonido de sus voces al centro del establecimiento, donde los diez hombres miraban a uno y otro lado.
            Dado se agachó a socorrer a Víctor que cada vez respiraba más despacio.
             -Todo va a estar bien.
             -Ve… te… No… puedes… quedarte aquí…
             -Nos iremos juntos.

Uno de los camareros se les acercó. Solían terminar la noche brindando con ellos cuando todo el mundo se había marchado al despuntar el amanecer.
            -Hazle caso, vete. Yo me ocupo de él. Este no es lugar para ti.
            -No voy a dejarle solo.
            -No estará solo –miró hacia el mostrador-. Solo ayúdame a llevarlo detrás de la barra. Allí correrá menos peligro. Le llevaremos al sanatorio. Le sacaremos por la puerta de atrás… Debes irte.
            El abuelo miró al hombre que le había enseñado a no tener miedo de mostrarse como era, por muy poco que les gustara a los demás. Víctor buscó la mano de Dado mientras le llevaban detrás de la barra, donde otro camarero les esperaba, sin fuerzas para apretársela.
            -Vi…ve…por…los…dos.
            Dado se abrazó al amigo depositando sobre sus labios un beso salado.
            -Cuidaremos de él. ¡Corre!
            Dubitativo se dirigió al almacén desde donde alcanzó el callejón por el que corrió sin saber a hacia dónde dirigirse.
             La felicidad es efímera.

domingo, 3 de junio de 2018

El debut




“-¿Marité y tu sois…? –Federico se interrumpió antes de definir la relación que suponía a la gerente del club nocturno que frecuentaba y al abuelo con una palabra que de ser la acertada, le dolería: amantes.
             -Lo fuimos –el abuelo se apresuró a responder para acortar el padecimiento que detectó en su amigo, entendiendo al mismo tiempo que el vínculo que unía a Federico con la mujer que le presentó como su esposa, no era tan poderoso como el que tenían ellos -. Confundí enamoramiento con deslumbramiento y durante meses viví enamorado de una quimera. Marité jamás sembró esperanzas en mí, fue muy clara conmigo. Le interesaba que compartiéramos momentos íntimos pero sin complicaciones emocionales. Para ella era sencillo separar el placer de los sentimientos, estaba acostumbrada a hacerlo. Para mí no fue fácil y en cada encuentro que teníamos me enamorada un poco más de ella –sonrió condescendiente-. Entonces no sabía que estaba deslumbrado por todas esas cosas que desconocía y aprendía a su lado. Marité fue mi instructora y al cabo de los años mi salvadora.”

 En el mundo fantástico en que vivía no fui consciente hasta que Federico nos desveló el encuentro con el abuelo en Tánger, de que la guerra civil española, que por otra parte nunca me había interesado porque me parecía un tema  añejo que me quedaba lejos, afectó a una parte de mi familia y el modo en que lo hizo les fortaleció para salir adelante. Intuía que lo que el abuelo le contó a Federico a continuación, fue la parte más desagradable de su existencia y no necesité una cebolla cortada por la mitad, para que en los párpados inferiores de mis ojos, apareciera una cortina de lágrimas, al imaginar las atrocidades a las que tuvo que hacer frente él y todos aquellos que no tenían la posición privilegiada de Federico.

 “Debuté en Madrid, en el club que nos contrató.
               Al ver a toda aquella gente, en su mayoría hombres que nublaban el local de humo con sus cigarrillos encendidos, las piernas me titubearon.
               Era mayo de 1936. La situación política del país era convulsa y había quienes aseguraban que una guerra iba a estallar en cualquier momento. Yo esperaba que estuvieran equivocados.
              Víctor me acompañaba al piano. Me gritó para que reaccionara: “Vamos Lola, a ellos no les importa quién eres, solo lo que ven. Dales lo que quieren”.
              Las primeras notas empezaron a sonar. Estaba paralizado en el escenario, temeroso de que la voz no me saliera del cuerpo… “soy Lola, soy Lola, soy Lola” me repetía continuamente para convencerme de que Dado no estaba allí conmigo. El regresaría a la mañana siguiente, pero la noche era de ella.
              Los versos de la canción apagó las voces de quienes me instaban a que empezara a cantar. Temblorosa, Lola entonó: “el día que nací yo, qué planeta reinaría. Por donde quiera que voy, que mala estrella me guía…”

sábado, 26 de mayo de 2018

Dado y Lola




            “Estuvimos cuatro meses recorriendo el norte de España en la vieja camioneta que Mariano había adquirido años atrás en un trueque en Francia, antes de llegar a Madrid… Ahí me detendré más tarde.
            Casio y yo nos encargábamos de montar el escenario y de velar porque el espectáculo saliera bien. Compartíamos habitación en los hostales y pensiones donde nos alojábamos.
             Víctor me observaba a menudo desconfiado. Desde que nos presentaron tuve la impresión de que no le caía bien, pero después de unirme a la compañía, me di cuenta de que no le caía bien nadie. La única persona con la que tenía una estrecha relación era con Marité, su confidente y quien conocía al detalle cada paso que había dado en la vida o iba a dar. La actitud de Víctor era distante y prepotente. Se creía una estrella… Quizás en otros tiempos lo hubiera sido pero en la Pequeña Compañía era uno más y para el mundo era tan insignificante como cualquier de nosotros.”

             Al abuelo se le empañaron los ojos y se le hizo un nudo en garganta. Bebió un poco del agua del vaso que le había pedido al camarero que le trajera y continuó con el relato.

            “Habíamos llegado a La Joyosa, un pueblo de no más de quinientos habitantes donde montábamos el escenario. Víctor ese día estaba más obstinado que nunca en seguir de cerca cada uno de mis movimientos con descaro y sin recato. Me puso nervioso, me inquietó. Saberme tan observado me incomodaba y se me pasó por la cabeza la idea de que estaba esperando a que cometiera alguna torpeza para hablar con Mariano y que me echaran de la compañía. Muy al contrario me sorprendieron sus palabras cuando decidió que era el momento  de dirigírmelas.
            -Eres mono… -se deleitó en cada sílaba pronunciada como si fueran de chocolate y se las estuvieran derritiendo en la boca lentamente… muy despacio.
            Miré a Casio no entendiendo nada, que se echó a reír, turbándome más. Pensé que me estaban tomando el pelo. No, no cantaba. No lo había hecho nunca.
             -Te puedo enseñar a entonar. Tienes presencia –me miró de arriba abajo haciéndome sentir más incomodo que antes y noté cierta lascivia en sus ojos. Las manos me empezaron a sudar. Tragué saliva… varias veces -. Eres joven… un poco de aire fresco al espectáculo no le vendría mal. El repertorio se está quedando vetusto.
             Me estaba gastando una broma o se había vuelto majareta, de lo que no cabía duda es que disfrutaba del momento.
             -Soy vergonzoso –acerté a decir aun a riesgo de convertirme en el centro de sus burlas.
             -Solucionaremos eso más adelante. Te daré unas clases y si sirves, tendrás un lugar en el mundo del espectáculo… guapo.
             Víctor exageraba, pero sin quererlo se convirtió en mi pigmalión y yo, con la ayuda de Marité, que fue su cómplice, y a la que amaba en secreto aunque ella solo buscaba en mí el calor de un cuerpo joven e inexperto, en la habitación de un hostal aragonés, me transformé en Lola”.

domingo, 20 de mayo de 2018

Vida



 

“Mi voz corrió por las aldeas cercanas donde vendía los quesos por las mañanas. No hubo vecino que no se enterara de que en la plaza de la fuente, una compañía de varietés haría su función, al acercarse la noche.
             Esa misma tarde muchos curiosos se acercaron a ver como la plaza se iba transformando en un escenario inusitado. Mariano, que era el director de la compañía agradeció mi ayuda cuando se la ofrecí. Delante de la fuente, enganchamos una lona negra a dos estructuras metálicas desmontables. Varias veces mis ojos se cruzaron con los de Marité, que respondía con una sonrisa, mientras yo agachaba la cabeza ruborizado porque me hubiera pillado mirándola.
             Los vecinos, por iniciativa propia encendieron pequeñas hogueras con troncos delimitados por piedras que formaban círculos, para combatir el frío del invierno y entusiasmados sacaron sillas que dispusieron en filas.
            Fue una noche memorable que empezó con Mariano, el maestro de ceremonias, dando la bienvenida a los presentes. Marité animó la velada con “Pichi” y “Los nardos”, que los espectadores acogieron con agrado y palmas. Víctor, que en el escenario se movía como el divo que se creía en la vida real, emocionó con “Volver” y “El día que me quieras” y al finalizar el espectáculo Mariano, con voz de barítono, impresionó con un tango poco oído en nuestras tierras, mientras Eugenia y Víctor bailaban a su lado, Gira, Gira”.
           Dado tomó un sorbo de su café. Federico cogió otra tostada del plato.
           -No podía apartar la vista de Marité –Un sorbito más corto de café-. Me obnubiló… Bueno, sabes lo que eso".
          
            Federico sabía perfectamente lo que significaba hacer lo contrario a lo que se quería como si una fuerza misteriosa se lo impusiera. Le pasaba con Lola y con Dado. No tenía claro quién le seducía más.

 “Me quedé a desmontar el escenario, deseando que la noche se alargase para no tener que volver a casa aún. Solo hacía unas horas que conocía a La pequeña compañía, pero sentía como uno más de ellos.
             -Cena con nosotros, estás invitado.
             Mariano me dio unas palmaditas en la espalda. Casio me estrechó la mano. Eugenia me sonrió. Víctor me miró con la altivez con que miraba a todo el mundo y Marité… Marité me cogió del brazo para que les acompañara al bar, donde Rosario había preparado tortilla de patatas y pescado a la plancha con tomate frito. Esa misma noche, compartiendo historias y risas, me enrolé en la mayor aventura de mi vida”.

domingo, 13 de mayo de 2018

El baúl




“Los tres hombres de la compañía bajaban las maletas de la camioneta dejándolas al lado de la puerta del hostal donde las mujeres esperaban, ajustándose los abrigos al cuerpo. Las primeras horas de la  mañana eran frías y hasta que el sol no brillaba con el esplendor de una bola de fuego, la sensación térmica era muy baja.
            -Eh, chico –me giré al reconocer la voz del hombre gordo-. ¿Nos echas una mano con el baúl? Este tiene brazos de mantequilla y le necesito entero para la función de la noche –dijo mirando con sorna al hombre trajeado que le correspondió con una mirada desdeñosa.
            -Claro.
           Al dejar la cesta que contenían los quesos en el suelo, la mujer joven me brindó unas palabras con deje altanero y dulce.
            -Pierde cuidado, velaré por ellos.

Nuestros ojos se encontraron por primera vez a menos de un metro de distancia. La chica tenía pocos años más que yo. De fina estampa, piel clara, los ojos marrones y el pelo negro recogido en un moño bajo, su belleza no igualaba a la de ninguna otra mujer que hubiera visto antes, ni siquiera a la de las señoras que vivían en Madrid y llevaban a sus hijos al colegio de la Orden de los misericordiosos que dirigía el padre Simón. Un mechón ondulado  le caía por la frente hasta detrás de la oreja. Era preciosa.
            -Gracias señorita.
            Me sonrió consiguiendo que me ardieran las mejillas.

            Entre los tres bajamos el baúl de la camioneta,  siguiendo las instrucciones del trajeado, que se tomaba muy en serio el papel logístico que se había otorgado a sí mismo. Lo dejamos en el vestíbulo del hostal. Como por aquella puerta no entraba nadie, no estorbaba ni molestaba a nadie.
            -Gracias muchacho –el hombre corpulento se limpió el sudor que le caía por la frente con la manga de la camisa y luego me la estrechó-. Mi nombre es Mariano y dirijo la Pequeña compañía. Éste es Celso –señaló al copiloto –y el señorito mantequilla es Víctor.
            Les estreché a ambos hombres la mano. Víctor, pese a su porte de galán, tenía un aire fino que no lo distinguía demasiado de una mujer educada con los mejores perceptores.
            Fuera del hostal las dos mujeres aguardaban nuestro regreso.
            Mariano fue el primero en salir a su encuentro.
            -Y aquí tenemos a mis dos piedras preciosas, mi mujer Eugenia y mi sobrina Marité.
           Nunca me habían presentado formalmente a dos damas, por lo que no sabía cómo debía comportarme. Nervioso y torpe les besé la mano, gesto al que no estaban acostumbradas, supe algún tiempo después, y que les halagó sobremanera. Los hombres las trataban con la prepotencia de creerse con derechos sobre ellas, por dedicarse al mundo del espectáculo.
          -Estás invitado a la función de esta noche que vamos hacer aquí mismo –repasó la plaza con la mirada.- A las ocho –miró la cesta de mimbre –. Corre la voz de que esta noche será inolvidable, entre los vecinos.
          Y lo fue.