domingo, 23 de julio de 2017

Que continue la función




-Tengo grabada la confesión –la apocalíptica mostró su móvil, el tesoro más preciado que poseía, por la sonrisa endiablada que hacía que su alma fuera aún más fea. Ella y sus hermanos rodeaban al padre, sentado en su butaca de orejas.
            -No es una confesión, es el sueño de una amnésica.
            Me giré hacia Gonzalo que se nos acercaba con el vaso de whisky en la mano.
             -¿Me estás echando un cable? –le susurré la ponerse a mi lado.
             -No. Es un hecho.
             -Esta no ha perdido la memoria nunca. Todo ha sido una farsa –el desprecio que sentía hacia mí la jineta, era evidente -. Sabe demasiadas cosas.
             -Que le he contado yo –mi marido acudió a mi rescate -. Cintia ha mezclado realidad y fantasía en su sueño.

 

A pocos metros de nosotros, Alex y Regina cuchicheaban sin descanso.
            -Me marcho –Alex se ajustó la chaqueta al cuerpo aireado.
            Federico se levantó de la butaca y se abrió paso entre sus hijos.
            -Siéntese, hijo. Esto aún no ha terminado –nos miró al resto-. Por favor, tomad asiento.
           Mi marido se había referido a mi amante como ¿¡hijo!?, en un tono autoritario. Lo que sin duda aclaraba lo que le importaba que le hubiera traicionado con él: nada.

 El desconcierto se instaló en nuestras caras.
             Obedecimos volviendo a ocupar los presentes nuestro asiento en la platea para asistir a un nuevo espectáculo que prometía mucho más que el anterior.
             -Andrés, por favor, reparta los sobres que le he entregado antes.
             Andrés extrajo del bolsillo interior de su chaqué negro, cuatro sobres que reconocí como los que había encontrado en la caja fuerte de la biblioteca mientras buscaba el código que desactivaba la alarma a la que estaba conecta la urna que reguardaba al Fabergé.
             Cuando cada uno de los vástagos de Federico tuvo el sobre en sus manos, el patriarca ordenó a su hija, a que leyera el contenido.

 

“Querida hija mía:

 
Por la presente te expreso mi deseo de que el Fabergé que en gran estima tengo, por los lazos sentimentales que me unen a él, quede en usufructo de mi esposa, Cintia Aurora María Van Heley de Haut, desde la fecha del encabezamiento de esta misiva, para que disponga de la valiosa pieza con el buen criterio que la precede, no pudiendo ser objeto de transacción económica alguna, hasta que el último de mis hijos, haya de reunirse conmigo y con vuestra madre, por quien mi corazón no ha dejado de latir un solo instante. A pesar de su ausencia, despierta contigo todas las mañanas y todas las noches duerme a mi lado.

 Cúmplase mi voluntad.

                                                                                Te quiere, tu padre.”

Asombro generalizado. Toma apocalíptica amarga. Un brillo triunfador acudió a mis ojos, fijos en mi hijastra.
            -Mi esposa nunca me substrajo nada. Todo lo que tengo le pertenece y puede hacer uso según su disposición.
            Adoraba a ese hombre que vivía cuatro pasos por delante de mí, para allanarme el camino y que protegerme de las fieras que me acechaban, aunque éstas llevaran su sangre. Federico era lo más parecido a un ángel que había en mi vida, y siempre le estaría agradecida.
            Leyó la confusión en mi rostro.
             -Querida, me casé contigo para cuidarte de ti misma, pero no lo hice por ti, no me creas tan altruista, lo hice por el hombre que más he querido en los muchos días que acumulo de existencia: tu abuelo.
            El segundo acto ya había empezado.



domingo, 9 de julio de 2017

Pesadillas



             Federico depositó la mirada vidriosa sobre una Eva desazonada que empezaba a vislumbrar la magnitud y velocidad que estaban tomando las cosas.
            Ella era su informante dentro de la mansión, pero tras mi relato, mi esposo dudaba de la veracidad de las informaciones de la agente y de la intencionalidad puestas en ellas y en sus acciones. Él sabía muy bien que cuando el amor se adueña del corazón, la razón es susceptible de perderse. Eva había elegido la peor forma posible de alcanzarlo.

 Proseguí con lo que nos ocupaba y a algunos preocupaba.
             -Descubrí el doble juego de Alex y cancelé el plan, arrepintiéndome de cada uno de los movimientos que había hecho hasta el momento y enojada conmigo misma por no haberme dado cuenta de que el único plan existente, era el que Alex había diseñado para sí mismo. Las demás solo éramos herramientas necesarias para llevarlo a cabo.

            Reconocí la punzada de dolor que Eva reflejada en su rostro y sentía en el pecho. Tomaba conciencia de que había permitido que la enredase un hombre que no le correspondía del mismo modo que ella le amaba y que le había utilizado vilmente. Su vida iba a cambiar.
             -No fueron necesarias demasiadas palabras cuando le devolví el Fabergé a Federico. Él estaba al tanto de muchas de las cosas que había hecho para que la joya acabara en mis manos y respondió con la generosidad con la que siempre me ha tratado… -Un atisbo de emoción estuvo a punto de manifestarse en mis ojos a través de una lágrima que detuve a tiempo de que cayera rodando por mi mejilla.- Ese día todos en la mansión supieron que mi conducta no había sido adecuada. El intercomunicador del dormitorio de Federico estaba activado.

           Miré al servicio uno por uno, sorprendiéndome de no percibir en María, mi gran detractora, una actitud reprobadora hacia mí. Muy al contrario parecía satisfecha con mi confesión. André mostraba conformidad en su faz serena y el resto de las chicas se columpiaban entre la confusión y el temor a que los hechos les salpicaran.
           Los ojos de la jineta apocalíptica brillaron como los de un gato en la oscuridad y una sonrisilla cruel cambió la forma de sus labios.

           La mañana que Federico volvió del hospital a casa, sus hijos se quedaron a comer con nosotros. La jineta me vio salir al jardín corriendo y aprovechó la ausencia para ir al dormitorio de su nonagenario padre y activar el intercomunicado. No me tragaba porque siempre fui una amenaza para su fortuna de su padre. Quería tenerme controlada.
           -Una mosca revoloteando dentro de la urna del Fabergé precipitó los acontecimientos. Iba a devolver la joya antes de que alguien deparara en su ausencia, pero la naturaleza es sabia y actúa con contundencia para que nos descubramos la cabeza ante ella. La mosca fue providencial. Desvelar lo ocurrido, descargó de mis hombros el peso que  doblaba mi espalda. Contaros el sueño ha liberado mis inquietudes y por fin puedo respirar serena.
           Silencio generalizado.
           -Ahora si te pareces a la mujer con la que me hubiera gustado casarme –Gonzalo se levantó y se sirvió un whisky de la mesa donde se había instalado los canapés y las bebidas.
           -¿Me ayudarás si lo necesito? –le pregunté siguiendo sus pasos.
           -Este momento llega tarde. Para algunas cosas no ha vuelta atrás.

           

           

           

 

 

 

domingo, 2 de julio de 2017

Conjeturas



Si Alex supo al día siguiente de la noche de autos  que Federico no había vuelto a ver la luz del sol desde el día anterior, ¿por qué Eva dio la orden de que dejaran dormir a mi marido hasta que yo volviese a casa si eran cómplices?
La respuesta era obvia: la agente de policía había modificado el plan originario.

 Sabía que a la mañana siguiente me reuniría con Alex en su apartamento y que lo haría acompañada del Fabergé.
Con la joya en el poder del hombre por quien estaba perdiendo la cabeza y cuyos sentimientos creía recíprocos, pobre ingenua, mi presencia le estorbaba, por lo que resolvió quitarme de en medio. Para ella sería fácil.

 Esa noche nos sirvió la cena para garantizar que Federico se tomara los sedantes diluidos en la sopa y después comunicó al resto del servicio que yo había dado la orden de que no despertaran al señor hasta mi regreso.
En mi ausencia guardó el blíster vacio en uno de los cajones de la cómoda de mi dormitorio. Lo encontré debajo de un montón de pañuelos mientras elegía el que le regalaría a ella. La nariz se me puso respingona. Todas mis sospechas se materializaron en un instante. Alguien quería que me culparan de la baja obligada de mi marido.

 Según sus previsiones y mis conjeturas,  los resultados de la autopsia arrojarían que la causa de la marcha terrenal de mi marido era debido a la ingesta masiva de barbitúricos.
Casualmente entre mis pertenencias, Eva hallaría el blíster vacío y sus colegas maderos sumarían dos más tres dando en el clavo: joven esposa mata a su marido para heredar su fortuna.
La pelirroja no solo aspiraba a permanecer en la vida de Alex, sino que además pretendía apropiarse del fruto de mi trabajo. En sus elucubraciones no contaba con que el Fabergé siempre estaría bajo mi custodia, pues de tonta, no tengo un pelo, ni con que llegaría a tiempo a la mansión para salvarle la vida a Federico. Eso fue exactamente lo que hice por él: salvarle la vida al hombre con el que me había casado.

 

 
 
 
 

domingo, 25 de junio de 2017

Mar salada





Entré en el edificio de dos plantas con fachada en pizarra y me detuve en el vestíbulo, mezclándome con la gente que aguardaba su turno para renovarse el carné de identidad o el pasaporte, en una sala contigua, separado del resto del recinto por una pared de cristal con una franja esmerilada donde se leía: “Policía Nacional”.
             Marina saludaba a los agentes  que le salían al paso con familiaridad, caminando con firmeza y seguridad, como si sus pies conocieran a la perfección la superficie que pisaban. Entró en uno de los despachos abiertos. Al poco un hombre corpulento y trajeado sin corbata, salió del habitáculo para ir a la máquina del café del pasillo, de la que se sirvió dos vasos y deshaciendo sus pasos, volvió al lugar que quince minutos más tarde, Marina abandonaría tan decidida como había entrado.
             Dejé caer las gafas de sol, con las que jugueteaba intencionadamente con las manos, al suelo de forma descuidada. Agachada entre pantalones y faldas era menos probable que Marina se fijara en mí al atravesar el vestíbulo en el que se despidió de dos policías que franqueaban la entrada.
            -Nos vemos Blasco –le espetó uno de ellos a lo que ella respondió con una casi imperceptible sonrisa.

 No me tembló el dedo al llamar al timbre de la casa que Marina visitaba en sus días libres y sonreí a la señora con rostro afable que en pocos minutos apareció delante de mí.
             -Creo que esto se le ha caído a la chica que acaba de salir de su casa.
             La mujer, que compartía con Marina el mismo marrón de ojos, cogió el foulard y arrugó el ceño tratando de recordar que llevaba puesto la aludida ese día.
             -Nunca se lo he visto a mi hija. Debe ser de otra persona.
             A través de la puerta abierta se veía el recibidor de la casa, con un espejo del tamaño de una ventana colgado de la pared; un perchero con dos abrigos de mujer y un paragüero de cerámica blanca vacío. A mi derecha un buzón blanco con dos nombres: Frugencia López Navío y Eva Blasco López.
             -Quédeselo de todas formas. Es un foulard muy bonito. Su hija lamentará haberlo perdido si es suyo.
            Así fue como le regalé a Eva (la falsa Marina), una exquisitez de seda natural, adquirida en Roma y desterrada en el fondo de un cajón del ámbito público.



domingo, 11 de junio de 2017

Teatro



              -Me cité con Gonzalo –mi ex marido mostró interés por primera vez desde su llegada al oír mencionar su nombre- para que me asesorara sobre las consecuencias penales que podían tener mis actos si algo de lo planeado con Alex salía mal –Todos depositaron sus ojos sobre el citado, cuya nuez creció con el paso de la saliva por cuello.-  Le hablé de un caso hipotético sin entrar en detalles, pero Gonzalo, conociendo lo mezquina que podía llegar a ser avalado por un pasado común nefasto,  advirtió a Federico de que algo feo me rondaba por la cabeza, para que se mantuviera alerta.

 Intencionadamente deambulaba por la sala en silencio creando un ambiente tenso entre los asistentes a la representación teatral. La noche anterior había imaginado que con el avance del relato, el nerviosismo crecería entre los participantes a la pantomima, pero estaba muy lejos de saborear lo placentero que estaba siendo oler su incertidumbre y temor. La situación me divertía.
-Federico tomó cartas en el asunto, como no podía ser de otra manera –le guiñe un ojo en señal de aprobación -. Sus buenas relaciones con altos cargos en los cuerpos de seguridad del Estado me procuraron una sombra que controlaba cada uno de mis pasos, fuera y dentro de la mansión. Marina –la susodicha se sobresaltó cuando me acerqué a su oído por la espalda para pronunciar su nombre, agolpándosele toda la sangre en la cara; a su cómplice la partes impúdicas se le pusieron a la altura de la garganta haciendo la presión suficiente para que el aire no le llegara a los pulmones –, fue una lapa eficiente hasta que Alex la sedujo.

  Podría decirse que la mirada exterminadora que Alex le lanzó a Marina estaba cargada de asombro, decepción y desprecio, en este orden, y con la que ella le correspondió de resignación y arrepentimiento absoluto. Ese hombre que creía que su socarronería y destreza mental le situaba a un nivel por encima de los demás estaba dándose cuenta de que la mujer en quien había puesto sus expectativas, le había traicionado y no solo ocultándole su identidad real: agente de policía infiltrado en misión especial, sino al sonsacarle información como el sospechoso que era considerado en la investigación. Se había dejado embaucar como un tonto. El cazador cazado.
Durante medio segundo ambos me dieron pena.
Conocía muy bien lo que significaba sentirse engañada e intentar enmendar errores para ser perdonada, pero a final de cuentas, tenían lo que merecían del mismo modo que yo tenía mi parte.
La función debía continuar.
 
 

domingo, 4 de junio de 2017

El principio del final




            -He tenido un sueño.
            -Igual que Martín Luther King –se mofó Roberto a Regina, sentados en uno  de los tres plazas de la sala del té. A su lado, Gonzalo con expresión circunspecta, consultaba el reloj apoyado sobre el brazo del sillón. Como el resto, no sabía muy bien que hacía allí, aunque conociéndome como me conocía, su presencia podía considerarse como una más de mis excentricidades.

            Mis hijastros ocupaban los asientos perpendiculares al tresillo, franqueados por el servicio al completo, al que le había pedido que no abandonara la estancia. La cara de cada uno de ellos era aún un despropósito mayor que la de Gonzalo.
            Federico, en su butaca de orejas, estaba a mi lado, desconocedor del motivo por el que había reunido a tan variopinto grupo, pero con el olfato de sabueso tan bien desarrollado que se olía algo.
            
            Empecé a caminar por la sala.  Desde la ventana se vislumbraba al sauce llorón en su eterna soledad del jardín, con las hojitas intentando rozar el suelo, pero sin conseguirlo. Verle me reconfortaba y abrazarlo recomponía mis flaquezas.
            -He soñado que planeábamos robar el Fabergé de Federico -me detuve detrás del falso Roberto, al que las ganas de bromear se le atragantaron en la garganta. Tragó saliva mirando a los asistentes de un lado y del otro-. Éramos amantes ocasionales y nuestros encuentros tenían lugar en el apartamento que tienes alquilado encima del mío en Gran Vía.

            Excepto Regina y Marina nadie conocía la existencia de la relación que nos unía. Sospechaba, por la complicidad que había detectado esa tarde entre Alex y Regina, que una nueva suplente había entrado en el juego. Regina sabía, desde que le conté mi encuentro con Roberto, que Alex me estaba engañando y prefirió callar, probablemente con segundas intenciones. Todas las mujeres próximas a él, las tenemos. Alex era un catalizador capaz de modificar voluntades ajenas.

            Impacté una mano sobre su hombro. Noté que temblaba bajo ella. Nuestros ojos intercambiaron información secreta y delicada: ambos sabíamos quién era el otro. Estaba a punto de depositarse encima.
             -Contábamos con la réplica exacta del Farbegé que encargaste hacer para que  sustituyera al original mientras Federico dormía, y nadie se percatara de su desaparición –me aproximé a mi marido, que era el único que parecía estárselo pasando bien, y le cogí la mano con ternura-. Para asegurarnos de que Federico no se despertara, le suministré unos tranquilizantes, pero la dosis se me fue de las manos y acabamos en el hospital.
            Federico me apretó la mano con suavidad para insuflarme seguridad. El camino elegido me guiaría hasta la redención.
            -Sabía que eras la responsable del estado de mi padre –mi hijastra se levantó de un brinco y me acusó con el dedo, fuera de sí. Su agilidad me sorprendió. Con una rutina de ejercicio diario hasta podría participar en un triatlón.

            Fruncí el ceño. A todos los efectos seguía amnésica, por lo que al replicarle –y nada me apetecía más en aquel momento-, me descubriría. Miré el sauce llorón e imaginé que lo abrazaba, sintiendo como un halo de serenidad ascendía por mi cuerpo desde los pies.
            Me agaché delante de mi marido con su mano aún tomando la mía. Besé sus arruguitas hinchadas.
            -Si en el pasado puse en peligro tu vida, aunque te cueste creerlo, no fue intencionadamente.
            -¡Mientes! ¡Casi le matas!  –gritó la mujer que instó a sus hermanos a que incapacitara a su padre para que no se casara conmigo, con el rostro del color de los pimientos.
            -Si me permiten los señores –André dio un paso al frente. Federico asintió con la cabeza; Gonzalo resopló probablemente pensando en Agatha Christie; Alex y Regina se miraron de soslayo; el resto del servicio contuvo el aliento-. El día que ingresaron al señor, la señora se alarmó mucho al llegar a casa cuando le informé que el señor aún seguía durmiendo y de que alguien diera la orden en su nombre de que no se le despertara hasta su llegada.
           Alex desvió la mirada hacia Marina, que halló gran interés en mirarse los zapatos que llevaba puestos.
            -¿Y quién fue esa persona? –quiso saber el afectado.
            -Lo ignoro señor.
            La lealtad de André a sus principios era inquebrantable. Actuaba siguiendo las directrices de su conciencia. Noté que Marina respiraba aliviada con los ojos aún puestos en sus pies.
            Con los nervios a medio templar, la jineta del apocalipsis tomó asiento y continué con el relato del sueño.

            La línea que separa el mundo onírico del real es tan estrecha que a veces ambos parecen confundirse en uno solo.

           

           

 
 
 

domingo, 26 de febrero de 2017

Sabiduría legendaria


Etiénne vivía en una buhardilla de treinta metros, color ocre y con dos ventanas verdes. En la parte derecha, pegada a la pared, una cama que hacía las veces de sofá con cojines encima y un taburete redondo de estructura metálica al lado con función de mesita de noche sobre la que descansaba una revista y un despertador, ocupaban el espacio.
           Frente a la cama, del pomo de un armario empotrado de dos puertas, colgaba una bufanda marengo. Entre la cama y el armario, una estantería rectangular con varias baldas contenía libros y libretas de anillas ancha, del tamaño de un folio.
            En el lado izquierdo,  a la entrada, detrás de una puerta corredera se encontraba un minúsculo baño con plato de ducha y mampara biselada, y casi ocupando la totalidad de la pared de la fachada, las encimeras de la cocina, una nevera y una cómoda alta con cuatro cajones grandes.
             Completaban el escaso mobiliario, en el centro, delante de la cocina, una mesa grande y ancha de madera maciza y tres taburetes más.
             No había cuadros o fotografías que le confinaran un carácter personal, pero no me hubiera imaginado a Etiénne viviendo en un sitio demasiado distinto de aquel.
            En Versalles no había deparado en ello, pues sus encantos, los visibles y los que descubrí, distraían mi sentido de la observación, pero Etiénne tenía un aire bohemio que me gustaba.
            Desde el rellano se percibía olor a comida. Empujé la puerta entreabierta y vi a mi adonis particular ataviado con un delantal, con la Torre Eiffel iluminada en la noche parisina sobreimpresa en la tela, ocupando la mitad de la mesa de madera con una licuadora y varios recipientes. A su espalda, dos sartenes desprendían aromas a tierra y mar.
          Apagó la licuadora, me invitó a que me adentrara en su guarida y limpiándose las manos en el paño que colgaba de su cintura sus labios acariciaron suavemente mis mejillas.
           -Siéntate. La crème d’endives ya casi está.
          Dejé el bolso sobre la cama y le tomé la palabra.
          El sonido de la licuadora nos enmudeció. La volvió a apagar, se giró hacia los fogones y salteó su contenido con maestría.
           María me había enseñado a prepara algunos platos sencillos, pero estaba a años luz de desenvolverme en una cocina con la destreza que Etiénne estaba demostrando tener.
          Me acerqué a los fogones. En una sartén había setas y champiñones cortados por la mitad haciéndose con mantequilla. En la otra unas vieiras.
          -Espero que te guste el lenguado –abrió la puerta del horno, en su interior en una bandeja de acero inoxidable, cuatro filetes de lenguado meunière esperaban el golpe de calor para ser servidos espolvoreados con orégano-. Y para el postre Farz- levantó la tapa de la quesera para mostrarme lo más parecido a un flan con ciruelas en su interior, que aguardaba el momento de ser degustado.
            Nuestros ojos se encontraron. Etiénne me gustaba. Bajé la mirada al borde del sonrojo.
            -Todo tiene un aspecto delicioso.
          -Esta es mi mejor carta de presentación- desvió la vista hacia las sartenes apesadumbrado por el mismo pensamiento que cruzaba mi mente. En el molino nos despojamos de la ropa, para entregarnos a la lujuria, pero en su buhardilla estábamos a un paso de despojarnos de artificios que enmascararan las realidades de nuestro ser-. ¡Listo!
           En la mitad de mesa que no estaba ocupada, puse un mantel de franela rojo, un servilletero, dos vasos y una jarra de agua que encontré sobre la encimera. Etiénne, vertió la crema de endivias en dos cuencos blancos, decorándola con los champiñones y las setas y las vieiras.
            -En la nevera encontrarás una botella de vino blanco.
            Llené los dos vasos.
           Brindamos.
           “Enamorarse es llegar juntos al mismo momento. Si uno sube por las escaleras y el otro en ascensor, ser lo bastante rápido y lento para encontrarse cuando se abra la puerta y pisar el suelo a la vez.
           Federico tenía razón.