domingo, 26 de febrero de 2017

Sabiduría legendaria


Etiénne vivía en una buhardilla de treinta metros, color ocre y con dos ventanas verdes. En la parte derecha, pegada a la pared, una cama que hacía las veces de sofá con cojines encima y un taburete redondo de estructura metálica al lado con función de mesita de noche sobre la que descansaba una revista y un despertador, ocupaban el espacio.
           Frente a la cama, del pomo de un armario empotrado de dos puertas, colgaba una bufanda marengo. Entre la cama y el armario, una estantería rectangular con varias baldas contenía libros y libretas de anillas ancha, del tamaño de un folio.
            En el lado izquierdo,  a la entrada, detrás de una puerta corredera se encontraba un minúsculo baño con plato de ducha y mampara biselada, y casi ocupando la totalidad de la pared de la fachada, las encimeras de la cocina, una nevera y una cómoda alta con cuatro cajones grandes.
             Completaban el escaso mobiliario, en el centro, delante de la cocina, una mesa grande y ancha de madera maciza y tres taburetes más.
             No había cuadros o fotografías que le confinaran un carácter personal, pero no me hubiera imaginado a Etiénne viviendo en un sitio demasiado distinto de aquel.
            En Versalles no había deparado en ello, pues sus encantos, los visibles y los que descubrí, distraían mi sentido de la observación, pero Etiénne tenía un aire bohemio que me gustaba.
            Desde el rellano se percibía olor a comida. Empujé la puerta entreabierta y vi a mi adonis particular ataviado con un delantal, con la Torre Eiffel iluminada en la noche parisina sobreimpresa en la tela, ocupando la mitad de la mesa de madera con una licuadora y varios recipientes. A su espalda, dos sartenes desprendían aromas a tierra y mar.
          Apagó la licuadora, me invitó a que me adentrara en su guarida y limpiándose las manos en el paño que colgaba de su cintura sus labios acariciaron suavemente mis mejillas.
           -Siéntate. La crème d’endives ya casi está.
          Dejé el bolso sobre la cama y le tomé la palabra.
          El sonido de la licuadora nos enmudeció. La volvió a apagar, se giró hacia los fogones y salteó su contenido con maestría.
           María me había enseñado a prepara algunos platos sencillos, pero estaba a años luz de desenvolverme en una cocina con la destreza que Etiénne estaba demostrando tener.
          Me acerqué a los fogones. En una sartén había setas y champiñones cortados por la mitad haciéndose con mantequilla. En la otra unas vieiras.
          -Espero que te guste el lenguado –abrió la puerta del horno, en su interior en una bandeja de acero inoxidable, cuatro filetes de lenguado meunière esperaban el golpe de calor para ser servidos espolvoreados con orégano-. Y para el postre Farz- levantó la tapa de la quesera para mostrarme lo más parecido a un flan con ciruelas en su interior, que aguardaba el momento de ser degustado.
            Nuestros ojos se encontraron. Etiénne me gustaba. Bajé la mirada al borde del sonrojo.
            -Todo tiene un aspecto delicioso.
          -Esta es mi mejor carta de presentación- desvió la vista hacia las sartenes apesadumbrado por el mismo pensamiento que cruzaba mi mente. En el molino nos despojamos de la ropa, para entregarnos a la lujuria, pero en su buhardilla estábamos a un paso de despojarnos de artificios que enmascararan las realidades de nuestro ser-. ¡Listo!
           En la mitad de mesa que no estaba ocupada, puse un mantel de franela rojo, un servilletero, dos vasos y una jarra de agua que encontré sobre la encimera. Etiénne, vertió la crema de endivias en dos cuencos blancos, decorándola con los champiñones y las setas y las vieiras.
            -En la nevera encontrarás una botella de vino blanco.
            Llené los dos vasos.
           Brindamos.
           “Enamorarse es llegar juntos al mismo momento. Si uno sube por las escaleras y el otro en ascensor, ser lo bastante rápido y lento para encontrarse cuando se abra la puerta y pisar el suelo a la vez.
           Federico tenía razón.

domingo, 12 de febrero de 2017

Deambulando por el paraiso




María Antonieta era adorable.
            Mujer con criterio y un desarrollado concepto sobre la tranquilidad.
            A ella no le agradaban algarabía de palacio, muy al contrario gustaba de los sonidos con los que la naturaleza complacía sus oídos; del aire libre y no enclaustrado y turbio de Versalles; de la vegetación; de los colores brillantes; de los paseos por los jardines diseñados exclusivamente para ella en un paraíso hecho a la medida de sus deseos.

Frente a mí, el pequeño Trianón se elevaba sobre su sencillez, delante de los jardines por los que anduve hasta llegar a la escalinata de acceso al palacio. Desde el patio, rodeando la construcción, me adentré en los jardines de la parte trasera que se extendían hasta la puerta de Saint-Antoine. Justamente en esa planicie, la reina dispuso que estuviera la Aldea.

Tardé unos minutos en darme cuenta de que allí no había nadie excepto Etiénne, al que había perdido de vista hacia un rato, y yo. Los lunes el Gran Trianón y el Pequeño Trianón permanecían cerrados al público, pero nosotros habíamos entrado por la puerta de la verja. Etiénne conocía muy bien aquellos parajes.

             No soy impresionable, pero los Dominios de la reina, exaltó todos mis sentidos.
            Un lago, el Gran lago, rodeado por pequeñas construcciones normandas hacia las excelencias del lugar. Algunas de las casitas precedidas por jardines o huertos, eran para disfrute de la reina y sus invitados, otras eran las moradas de los campesinos que se encargaban de abastecer el palacio con los cultivos del huerto y de los sirvientes que atendían a María Antonieta y sus amistades en las cenas celebradas en la galería o el molino.

            El color y el aroma lo proporcionaban las flores elegidas como ornamentos naturales: jacintos, alhelíes y geranios embellecían balcones y escaleras.
            Paseando por aquel edén particular, la esposa de Louis XVI había sido feliz, lejos de las intrigas y tejemanejes de la Corte.
            -Ici, ici.
           Una voz me extrajo de mi ensimismamiento. De rodillas al borde del lago jugueteaba con el agua que rozaban mis dedos. El calor había desaparecido hacía rato como su causante.
           A mi espalda estaba el molino, una pequeña edificación de dos alturas con ventanas blancas y mucho encanto. Me giré frotándome las manos con el agua que se secó sobre mi piel.
          Desde el balcón Etiénne me enseñaba su dentadura perfecta iniciando el descenso. En cada peldaño una maceta ponía la nota de color.
          Nos reunimos al pie de las escaleras.
          Estaba tan exaltada, que quería decirle lo maravilloso que me parecía el lugar y que nunca había visto nada que se le asemejara en belleza, pero al abrir la boca me la cerró con la suya.

Me palpitó todo el cuerpo. Sus ojos eran asombrosos. Aquella criatura no era de este mundo, pertenecía al mundo de los sueños personalizados. Los brazos que acaricié fuertes y poderosos, no tenían nada que ver con los del marido al que había dejado tirado entre espejos. Olía a manzanilla.
            Cogidos de la mano, con los dedos entrelazados como si hubiera entre nosotros el conocimiento y la intimidad de toda una vida, atravesamos uno de los dos arcos que separaban el molino del jardín y allí Etiénne se convirtió en una criatura memorable que es.

domingo, 5 de febrero de 2017

Cosas que importan



Me puse un jersey de algodón negro de cuello alto, unos tejanos del mismo color y una chaqueta blanca con franjas horizontales de color coral  que me llegaba por debajo de los glúteos, para reunirme con Etiénne.

Para una puesta en escena impecable, y que todos me vieran como la pobre desmemoriada que se enfrentaba a un mundo lleno de sombras, me deshice del contenido del vestidor, no sin pesar,  conservando solo lo básico y empecé a descuidar mi imagen.
La creación de la Cintia bondadosa y pérdida en la negrura de la noche, requería de sacrificios que confiaba que jugaran a mi favor cuando no pudiera alargar más en el tiempo mí la condición de amnésica. Más pronto que tarde, la ciencia me delataría en boca del doctor Gutiérrez, que supervisaba mi progreso, o su falta, a petición de Federico, que bordaba el papel de marido preocupado y me cuidaba como si no hubiera corrido el riesgo de ser desterrado de este mundo o hubiera olvidado que le había birlado el huevo que ocupaba su afecto.
Admito que vivir humildemente no fue fácil al principio, pero toda carencia material era compensada por el afable trato que me dispensaba el servicio, no albergando en sus corazones resentimiento alguno por mi despotismo de meses atrás.
Hacer feliz a los demás no se encontraba entre mis prioridades, pero a veces con un pequeño gesto y sin proponértelo, se consigue que otra persona sonría y esto solo era posible morando la señora en los mundos de Yupi.

Popucho, mi compañero sabueso de tantas jornadas detectivescas, me dejó en la dirección donde Etiénne me había emplazado, pero allí no había ningún restaurante o bar donde pudiéramos departir mientras degustábamos el menú del día.  Esperaría a que llegara.

 
           Gonzalo preparó el viaje de luna de miel con sumo secretismo. Quería que me sorprendiera cuando llegáramos al destino que decidió por los dos: París, ciudad que conocía de haber estado en ella dos veces, solo que para la tercera, mi marido había organizado visitas a Notre Dame, el Lovre, y Versalles, en un exceso de originalidad sin precedentes, creyendo que patearse museos, catedrales y palacios, haría feliz a la estudiante de Historia del Arte que era. Ir de compras a los Campos Elíseos me hubiera hecho feliz y no tener que fingir que recorrer el Sena durante una cena de dos horas en un barco, era una experiencia que no olvidaría, así peinara centenares de canas. Visitar la tienda de Louis Vuitton, era lo más parecido a tocar el cielo con los dedos y después lamerlos para comprobar a que sabe.

El arte conventual me aburría sobremanera. Elegí esa licenciatura porque me parecía sencilla de asimilar sin dedicarle demasiado tiempo ni esfuerzo, pero me equivocaba… Una vez más.

Mis padres que como máxima preconizaban que toda empresa que se inicia ha de ser finalizada para darle sentido a cualquier atisbo de emprendimiento y no condenarlo al absurdo, me estimularon de la única manera que garantizaría los resultados esperados.
            Una soleada mañana de sábado en el mes en que las flores orientan sus estambres al cielo me llevaron al apartamento de Gran Vía.
            -¿Te gusta? –preguntó el señor Van Heley de Haut con las llaves en las manos.
            -¡Me encanta! –no pude sonar menos entusiasta.
           Era ideal. Un espacio blanco, amplio, con la inmensa luz natural que entraba por un gran ventanal, con parquet en el suelo, calefacción radiante, aire acondicionado por conductos y a estrenar.
            -Si lo quieres es tuyo –mi  padre sostuvo las llaves en el aire suspendidas de un dedo. Cuando me abalancé sobre ellas las encerró en su mano-. Pero antes tendrás que licenciarte y si no lo haces en tres años, me desharé de él. Solo te quedan cuatro asignaturas. Esto –hizo sonar la llaves dentro de su puño- merece la pena.

 Me licencié al año siguiente y como recompensa a lo aplicada que había sido, los señores Van Heley de Haut contrataron a un decorador que captó mi esencia en las numerosas conversaciones que mantuvimos en comidas, meriendas y cenas, haciendo del espacio diáfano extensión de mi misma. El apartamento tenía toda mi esencia.

En octubre de ese mismo año me fui  de crucero por aguas Mediterráneas con Regina. Después de chamuscarme las pestañas, no sin poco arte, una semana de relax estaba más que justificada.
           En ese viaje conocí a Alex, que acompañaba a una cincuentona a la que le unía una profunda amistad. No quise que entrara en detalles la noche que nos encontramos en cubierta, contemplado el mar, uno al lado del otro.

domingo, 29 de enero de 2017

Eterno



          Etiénne es hierbabuena. Es una cascada de cincuenta metros que desaparece en un manantial de aguas verdes; es la luz del sol colándose entre las ramas de los árboles y el canturreo de los pajarillos anunciando su llegada. Etiénne es el cristal por el que se filtra el día; es la pureza del diamante sin pulir; la armonía; el sosiego; la paz. Etiénne, es quien da sentido a los instantes y los hace eternos; quien permanece sin estar y reaparece sin que se le espere. Etiénne.

          Vale. Puede que recordara algunas cosas... Tal vez no había perdido tanto la memoria... Es decir, que mi olvido duró poco tiempo. Supongamos que unas horas. Quizás solo cincuenta y ocho minutos.
           ¿Qué más dan esas menudencias?
           ¡Era Etiénne! ¡Mi adonis francés! Y estaba allí, desnudo delante de mí y de dieciséis personas más acostumbradas a verle solo con piel puesta, sonriéndome, mientras el corazón, el mío, practicaba el salto acrobático henchido de alegría y embargado por la emoción. Es absolutamente indescriptible la mezcolanza de sensaciones que me asolaron en un instante eterno. El corazón se me atragantó en la garganta y casi lo expulso en un acceso de tos.

La profesora de pintura rompió la magia que nos trasladó a ambos al
mundo fantástico en que las cosas aun pueden ser posibles.
            -¿Puedo ayudarla?
           Tardé unos segundos en apartar los ojos de aquella criatura memorable para mirar a la propietaria de la bata blanca que tenía al lado, y a la que no entendí cuando me habló porque todos mis sentidos estaban puestos en él.
          -¿Qué? ¿Perdón?

La profesora miró hacia el reloj de pared, que marcaba las cinco menos dos minutos y luego paseo los ojos por sus alumnos.
           -Nos vemos pasado mañana, chicos.
           -Disculpe, no quería interrumpir la clase pero es que...
          Busqué a Etiénne con la mirada, que de detrás del diván cogió un albornoz celeste que se puso mientras se dirigía hacia nosotras. Los estudiantes empezaron a abandonar el aula despidiéndose de la docente.
          -Comprendo... –dijo con rostro serio-. En media hora empezamos- le espetó al modelo, que ya había llegado hasta nosotras.

 Etiénne me tomó de la mano y me llevó a uno de los cuartos cerrados del pasillo, un almacén, con estanterías y material para pintar. Allí me abrazó con fuerza. Sus brazos rodearon todo mi cuerpo. Las piernas empezaron a temblarme. Casi me cortó la respiración.
             Se separó de mí y puso las manos sobre mis mejillas. Su sonrisa perfecta me derretía. Versalles, Versalles, Versalles.
             -Has tardado mucho tiempo en venir. Pensé que ya no lo harías.

No fueron precisas las palabras. Él era el responsable de que la tarjeta de la academia donde trabajaba llegara a mis manos. Sus ojos almendrados tenían el color de la canela salpicados de motitas verde oliva. Esos ojos que me habían inducido a ser desleal a mí marido.
            Nos volvimos a abrazar.
            Cómo necesitaba aquel abrazo, y no porque proviniera de Etiénne, sino porque alguien quisiera dármelo. Solo Gonzalo me abrazaba de ese modo en que los cuerpos se disipan, aferrándose a mí mientras yo trataba de apartarlo. Entre los brazos de Etiénne estaba entendiendo que Gonzalo quería protegerme.

            No pudimos hablar mucho rato. La siguiente clase empezaría en pocos minutos. Sentados en una banqueta de madera, debajo de un perchero colgado de la pared de la que pendía su ropa, me contó que le impresionó verme llorar delante del óleo de “la desesperanza”, en la exposición.
            -La chica de Versalles era alegre, visceral, atrevida… No la hubiera imaginado llorando delante de una pintura. Verte en esa actitud me fascinó.
            -Tu tampoco eras muy diferente a mí entonces –le sonreí sintiendo vergüenza de mi conducta. Unos meses atrás le habría vuelto a seguir con los ojos cerrados sin importarme el dolor que pudiera sembrar a mí alrededor. Solo me preocupaba el bien que pudieran hacerme a mí.
           -Hace años nos encontramos en un mismo punto de nuestras vidas y ahora nos encontramos en otro distinto…  -se levantó y abrió un bolsillo de su mochila negra. Sacó una libreta pequeña de tapas blandas y un bolígrafo y escribió una dirección.- ¿Podemos comer mañana juntos? No tengo que estar aquí hasta las seis.
           Me dio la hoja arrancada.
           -Mis circunstancias siguen siendo las mismas.
           -Pero tú y yo no lo somos. Quiero conocerte y no como ya sé que eres.
           Su propósito era poco halagüeño. La Cintia capaz de emocionarse delante de un óleo era tan instintiva como la que conoció a fondo. Su presencia me obligaba a recuperar mis orígenes y comportarme como quien no quería que fuese.

            En la puerta de la academia me dio dos besos y un abrazo que me supo a poco y que permaneció en mí hasta la ducha del día siguiente. Esa noche dormí con su olor  a manzanilla y soñé que caminaba sobre una alfombra de cristales sin pincharme los pies.

domingo, 22 de enero de 2017

Mon amour





Guardé la foto de Yuco en el bolso. Había muchas, pero elegí un primer plano en el que sus ojillos me suplicaban déjame ir. La enmarcaría al llegar a casa y la pondría sobre la mesita de noche.
             Las primeras horas de la tarde del invierno eran soleadas. Aun quedaban restos de la nevada caída días atrás sobre tejados y árboles, pero poco a poco los colores empezaban a dominar la ciudad.
            Al meter las manos en los bolsillos del abrigo para que entraran en calor, el tacto de una cartulina fría y suave me trajo a la memoria la exposición de Jacobo Silex.

Saqué la tarjeta de la academia de pintura y leí la dirección. No quedaba lejos de la casa de los Van Heley de Haut, según comprobé introduciendo ambas direcciones en una aplicación del móvil. Una milésima de segundo me bastó para decidir que la curiosidad fuera guía de mis pies en las siguientes horas. Daría un paseo.

           Una puerta de hierro gris, propia de la entrada a un búnker, era el acceso a un amplio vestíbulo gris clarito, de cuyas paredes pendían óleos sin enmarcar, de colorida temática abstracta.
           El escaso mobiliario de la estancia se componía de un escritorio metálico con ordenador encendido y algunos papeles esparcidos por la superficie, una silla blanca con ruedas y una estantería del mismo material que el escritorio, ocupadas por archivadores rojos, azules y verdes, en una estudiada composición estética. Ni rastro de ser humano. Ni siquiera una maceta del tamaño de un perchero de pie, le confería al recinto el toque salvaje que las plantas llevan implícitas en su verdor.
           Me asomé al pasillo que se abría frente a la puerta de entrada. Al fondo vislumbré una sala con una ventana de grandes dimensiones cubierta por un estor blanco, precedida por dos habitáculos cerrados colindantes entre ellos. Lo recorrí dubitativa, temiendo que al paso me saliera de la nada un enorme monstruo marrón verdoso dispuesto a satisfacer su malevolencia tirándome con uno de sus horrendos pies al suelo y saltara sobre mí reiteradamente hasta convertirme en tinto de verano. Ver películas de terror por la noche es contraproducente cuando te conviertes en exploradora. Procedente de la sala se oía una voz femenina, cálida y armoniosa dando instrucciones.
           No sabía muy bien qué hacía allí, ni porque estaba llegando tan lejos. La curiosidad crecía y si no la satisfacía la frustración no tardaría en alcanzarme, causándome gran desesperanza.

Entré en un aula rectangular en la que al menos quince personas, entre las que predominaba el sector femenino, reproducían en las telas que sostenían caballetes, situados en forma de semicírculo entorno a una plataforma lo que sus ojos asimilaban.
            Sigilosa me acerqué a uno de los alumnos, salvando las distancias para no distraerle. Plasmado sobre el lienzo, la figura inacabada de un hombre joven y desnudo, sentado en el extremo de un diván, cubierto el mueble con una sábana blanca que arrastraba por la tarima flotante, con las piernas ligeramente abiertas. Apoyaba su mejilla sobre la palma de la mano y el codo en la rodilla derecha, con la mirada extraviada. Inclinado hacia adelante, el brazo izquierdo descansaba en la pierna izquierda.
            Pasé de un lienzo a otro aturdida. Aquel rostro me era familiar. Esos ojos almendrados los había visto en otra parte, y ese cuerpo musculoso no me era del todo indiferente. La impaciencia fue en aumento. Algunos alumnos eran más precisos que otros en sus trazos, pero todos ellos habían captado una expresión conocida.
            Miré al frente y le vi.
            En ese momento en que mi presencia se hizo evidente al deshacerme de un poco discreto suspiro y todos me miraron, el modelo que pintaban desvío la vista hacia mí y me sonrío.
             Etiénne.

domingo, 15 de enero de 2017

Vuelta atrás





La casa de los Van Heley de Haut era discretamente amplia comparándola con la mansión. Mil metros de solar y trescientos metros cada una de las dos plantas en que se dividía la vivienda.
            La primera se distribuía en cocina, comedor con acceso a una sala de estar llena alfombras persas en tonalidades rojizas, dos habitaciones, el despacho desde donde el señor Van Heley controlaba su empresa de artículos de piel y estilográficas y tres baños. En la parte superior había siete dormitorios y cuatro baños completos. El mío era propio de una princesa de cuento de hadas o de una niña de diez años, rosa y blanco. Sobre el escritorio, al pie del alféizar de la ventana con vistas al jardín, una jaula de colores vivos rompía la armonía de caramelo de nata y fresa.
         
         Me acerqué a ella cautivada por su vacío, imaginando a su morador. Mi madre me miraba apoyada en la jamba de la puerta con el aliento contenido. La acaricié con una rara sensación de bienestar que dibujó una concavidad en mi cara.
         -Yuco era tu hámster. Nunca quisiste deshacerte de la jaula ni que otro hámster la ocupara- sin darme cuenta, la señora Van Heley se había puesto a mi lado-.Un día jugando en el jardín con él, se escapó.
         -No se escapó, dejé que se fuera.
         La mirada de mí madre se transformó en expectación. En sus ojos vi un atisbo de esperanza parpadeante.
         -Cuéntame qué pasó ese día.
         -Me gustaría poder hacerlo... Solo sé que nunca hubiera dejado que se escapara... ¿Tienes alguna foto suya?
         -Seguro que encontramos unas cuantas en los álbumes.


Mi vida en imágenes era como un reportaje en el Hola, con descripción a pie de foto y perfectamente datada.
           Había material gráfico desde cuando era un bebé hasta mi boda con Federico. Me había vestido de novia en dos ocasiones, solo que la primera vez, que mi madre la calificó de despropósito, el novio era más joven. Aquel chico alto y desgarbado de sonrisa dulce que me rodeaba la cintura con su brazo, no era otro que el hombre que saludó a Federico y que días más tarde vi en el restaurante en el que comía con Regina. Mi marido y mi ex marido se llevaban bien.
           Pregunté a mi madre sobre la relación de ambos hombres. Ignoraba que fuera estrecha pero tampoco clamó al cielo por ello.
          -Todos nos movemos en el mismo círculo social. Los intereses acercan a las personas. Federico tiene negocios, Gonzalo es abogado, uno de los mejores. Ha conseguido labrarse un buen prestigio profesional. Empezó trabajando para su padre, pero al poco tiempo le contrató una de las firmas más importantes de país de la que le han hecho socio recientemente –deslizó el dedo por el chaqué del novio como si estuviera alisando las arrugas de la tela-. A su lado, hubieras tenido muchas satisfacciones. Era el hombre que me hubiera gustado para ti.
          Se le quebró la voz. Orientó la cabeza hacia el techo, decorado con escayola y lámparas de lágrimas de cristal, tragó saliva y volvió a fijar la vista en el álbum abierto sobre sus rodillas.
          -¿Por qué nos divorciamos?
          El banquete de bodas se celebró en una finca segoviana. Las mesas, con manteles blancos bordados con hilo de seda marfil, rodeaban una fuente redonda esculpida en mármol. En el centro, un querubín desnudo bebía agua de un cántaro, sostenido en el aire con sus pequeñas manos. Cientos de pétalos de rosas rojas y blancas flotaban en el agua. Para los señores Van Heley de Haut, aquel había sido uno de los días más felices de su vida. El anuncio de la boda les pareció fruto de una decisión poco macerada, pero casando a su hija creyeron fervientemente, que el matrimonio me haría madurar y distinguir lo que era importante de lo prescindible. Poco tiempo tardarían en cerciorarse de lo equivocados que estaban.
            Suspiro apesadumbrada. Para ella no era sencillo ahondar en aquella parte de mi pasado que consideraba una mancha negra en la reputación familiar.
            -Erais muy jóvenes. No teníais la madurez suficiente para afrontar un matrimonio. Gonzalo quería seguir preparándose para ser el hombre de éxito que es hoy, y tú no tenías claro hacia dónde dirigir tus pasos y preferías seguir viviendo como lo has hecho siempre... de los demás  –carraspeó llevándose el puño a la boca-. Las obligaciones te abrumaron y pusiste fin a algo que no debía haberse producido tan pronto –tomó aire para continuar. Contarme mi historia le obligaba a echar sal sobre heridas centenarias-. Cuando os casasteis apenas llevabais unos meses de noviazgo, por lo que la noticia del enlace nos tomó por sorpresa a todos e incluso llegamos a considerar que la premura venía dada porque un bebé venia de camino... –se permitió esbozar una sonrisa que relajo la expresión de su cara.- No te creas que ser abuela antes de los cincuenta me entusiasmaba, pero estabais tan ilusionados que transigimos, aún temiendo que podíais estar cometiendo un gran error. Estas cosas o salen bien o acaban de la peor manera posible.
           -Y ocurrió lo segundo. Vuestros temores se cumplieron. Fui yo quien los hizo reales.
           Me dio unas palmaditas en las manos.
           -Tu impetuosidad hacía que te comportaras de otro modo. Quizás la educación que te hemos dado no haya sido la más adecuada. Eres nuestra única hija, queríamos lo mejor para ti, pero lo mejor no es lo que te convenía -mas palmaditas en las manos, esta vez rápidas y fuertes.- Ahora eso no importa. No puedes lamentarte de las cosas que no recuerdas haber hecho.
          -La amnesia no me exime de responsabilidad.
          -Ya estás pagando por ello.

domingo, 8 de enero de 2017

La invitación



             -Roberto. Espero que no te importe que le haya pedido tu número al portero, ni que me tengas en cuenta la forma precipitada en que me fui cuando coincidimos en el portal.
             La sorpresa y un carraspeo precedieron su voz recién estrenada después de una larga estancia en mundos oníricos.
             -¡Cintia! Claro que no te lo tengo en cuenta, mujer… Te quería haber llamado pero he estado muy liado estas semanas…
             -¿Haciendo qué? –interrumpí su perorata.
             -¿Qué? ¿Cómo?
         -Perdona, no hablaba contigo, le preguntaba a Andrés qué estaba haciendo Federico en su despacho… Lleva horas encerrado –risa nerviosa al otro lado de la línea-. Por cierto, ¿qué es lo que te mantiene tan ocupado?
            Carcajada sonora. Separé el móvil de mi oído para evitar que su saliva me mojara el pabellón de la oreja.
            -El trabajo… Ya sabes, viajes de aquí para allá, juntas, congresos…
           -Tendrás que ponerme al día cuando nos veamos... Estoy organizando una reunión con amigos en casa. Ese es el motivo de mi llamada, me gustaría que vinieses.
            -¿Con tu marido? –la ronquera que arrastraba desde el inicio de la conversac desapareció repentinamente. Sus palabras sonaron tan claras como las aguas cristalinas de un riachuelo corren altaneras.
            -Federico nos acompañará un rato y luego se retirará a la biblioteca a leer algunos de sus clásicos.

            Silencio corto.
            -Cuenta conmigo. Me apetece mucho volverte a ver.
            Engoló la voz para darle un toque seductor. Estaría mesándose el pelo revuelto con los dedos. Eran las once y cinco de la mañana. Después de despedirse de mí iría directo a la ducha, se vestiría, se perfumaría y desayunaría fuera. Dos minutos eran suficientes para saber de qué pie cojeaba Roberto y yo le capté un instante después de que se abrieran las puertas del ascensor.
            -Te mando el día y la hora por whatsapp. Guarda este número, es nuevo.
            -Lo haré.
            -Nos vemos pronto.
            -Lo estoy deseando, preciosa.
           Subrayé su nombre con un marcador azul y llamé al siguiente de la lista.