domingo, 19 de noviembre de 2017

Destino planeado




            Lo racional hubiera sido preguntar, normalizar el asunto y tratarlo con naturalidad. Las explicaciones lógicas son recurrentes y yo necesitaba una que me satisficiera, pero temía que Étienne no la tuviera y que el hecho de que titubeara un ápice en su explicación confirmara mi hipótesis. No soy racional, si lo fuera nada de lo sucedido se hubiera dado. Me muevo por impulsos, por prontos de apenas unos segundos que afectan al resto de mi existencia.

            La casualidad jugó a su favor.
            Me vio en la exposición aquella tarde en que me sumergí en un océano de emociones delante de la obra pictórica de Jacobo Silex y mientras me observaba ideó un plan que empezaría a desarrollar con la tarjeta de la Academia de pintura que le pidió a una de las azafatas que me entregara. Lo demás llegaría con el tiempo. Esperó, esperó y esperó hasta verme entrar en el aula interrumpiendo con mi perplejidad la clase de pintura. Le bastó que nuestras miradas se cruzasen para saber que me tenía en sus manos. El resto sería sencillo.

           Puse la mesa menos dicharachera de lo que estaba actuando como pinche. Luego me acerqué a él y me abracé a su cintura por la espalda apoyando la mejilla húmeda en su omoplato.
           -Te quiero –susurré sin pretender que me oyera más para mí resignación que para que él lo supiera.
           -Je t’aime, mon amour.
           Se giró en mi dirección y me besó en la frente rodeándome con sus brazos. Dejé escapar un suspiro.
           Aquella era nuestra última noche.
           Nuestro amor, mi amor duraría toda la vida, el suyo hasta despuntar el alba.      


     

domingo, 12 de noviembre de 2017

Notre Dame




            Abrí el cajón donde guardaba los paños de cocina y los manteles individuales para poner la mesa. Étienne daba los últimos toques al Magret de canard, con su inseparable delantal de la torre Eiffeel.
          Meses atrás me había regalado uno con la catedral de Notre Dame sobre el Sena serigrafiada, ascendiéndome de torpe en la cocina a pinche poco hábil en artes culinarias, y me contó una de las leyendas que circulaban sobre ella.

            "Assetou y Louane se amaban desde niños.  Él era el hijo del señor del castillo para el que los padres de Louane servían y más tarde lo haría ella también.  Su amor era imposible porque pertenecían a estamentos sociales diferentes, pero esto a ellos no les importaba. Nadie puede detener el amor cando llega como un vendaval y arrastra todo cuanto hay en un ser.
           Assetou y Louane se encontraban a escondidas, ocultando su amor incluso a sus más allegados.
            El padre de Assetou arregló su matrimonio con una joven heredera a la que conocería el día del enlace. El joven se negó en rotundo a seguir los designios del padre y cuando éste le preguntó cuál era el origen de su negativa, Assetou confesó que estaba enamorado sin desvelar el nombre de la amada.
            -Hazla tu amante si en tan alta estima la tienes, pero no permitiré desplante de tal envergadura a tu futura esposa y madre de mis nietos”.
             El padre puso todos los ojos del castillo a su servicio y pronto averiguó que la identidad de la joven por la que su hijo se había rebelado contra sus planes pertenecía a una sirvienta y resolvió casarla con un pastor.
             Louane se desesperó al conocer la triste nueva. Sabía que su amor con Assetou no era posible y que el día que se cumpliesen sus destinos no estaba lejos, pero prefería dejar de existir a que un hombre al que no quería la mancillara.
             -¿Me amas?
             -Hasta el infinito.
             -Nuestro amor será eterno.
            La noche anterior a la boda de Louane con el pastor, escaparon juntos. Fueron a la Isla de la Cité y subieron a una de las torres de la catedral del Notre Dame. Desde allí, la luna llena les parecía más próxima. El satélit era testigo de su amor, y al despuntar el alba lo sería de su perpetuidad.
            Con las primeras horas rosadas, se miraron, lloraron y repitieron una y otra vez cuanto se amaban. Se levantaron de la fría piedra que les había servido de lecho nupcial y caminaron con las manos unidas hacia el borde de la torre. Entrelazaron los dedos con fuerza, aferrándose el uno al otro y dibujándose una sonrisa en los labios, con los ojos henchidos de amor, pronunciaron al unísono las últimas palabras antes de que el Sena les acogiera en su seno: hasta el infinito."

          Encontré varios recortes de prensa con la noticia de mi boda en la que apreciamos en fotos Federico y yo, en el fondo del cajón donde no hallaba los manteles. El delantal que llevaba puesto era un mal presagio de nuestro amor-. Los guardé en el cajón de abajo –dijo Étienne distraído con el pato y ajeno a mi hallazgo por la tardanza con que me regía -. ¿Los ves?
          Afirmé con la cabeza y un “sí” inaudible. Mi ilusión acababa de tirarse de Notre Dame al Sena. Étienne tenía motivos para acercarse a mí: Federico.

           

domingo, 5 de noviembre de 2017

Infinito





El infinito, esa extensión que nunca podríamos abarcar y que ilustraba el amor que sentíamos en la parte interior de nuestras muñecas.
            Paseábamos por la calle con las manos cogidas sin temor a que nadie que me conociera se cruzara con nosotros. Me daba igual que le contaran a mi marido que acompañaba de la mano a un adonis en actitud pecaminosa -más que cariñosa- porque había decidido vivir nuestra historia en absoluta libertad.

 Mi matrimonio terminaría de un modo u otro y entre tanto no iba a dejar de sentir la vida al lado de Étienne. No traicionaba a mi esposo  –que nadie caiga en el error de precipitarse en sus interpretaciones, fruto de un análisis poco elaborado - estaba siendo fiel a mis sentimientos y si llegaba a sus oídos que entre la cabeza de un reno y la suya no había diferencia, sé que lo entendería porque me quería.
             Cuando se quiere no hay reproches, sino condescendencia. Federico no me iba a condenar por haber encontrado la felicidad plena en los brazos de otro hombre. Era lo que deseaba para mí.

 Las tardes que trabajaba en la Academia de Pintura le recogía a la salida y dábamos un largo paseo hasta la buhardilla, donde me enseñaba lo que aprendían sus alumnos en la Escuela de Cocina donde impartía clases por las mañanas.

 A Étienne se le daba bien enseñar, ya fueran técnicas culinarias o sus atributos en un aula delante de quince personas.
             -Leí en un anuncio del periódico que necesitaban modelos para una Academia de Pintura y me pareció divertido intentarlo. Solo me supone trabajar tres horas, dos tardes a la semana y puedo compaginarlo con mi profesión.
           Le pegó un lametón al helado de pistacho que nos estábamos tomando sentados en el banco de un parque, entre arbustos y hojarasca.
No le producía pudor posar desnudo. Le gustaba mostrar su cuerpo y que le mirasen –o admirasen – y no porque fuera perfecto –él opinaba todo lo contrario – sino porque no tenía complejos.
           -Todos deberían probarlo. Desnudarse delante de los demás hace que se asuman los defectos y parezcan atractivos. Si somos capaces de mostrarnos sin ropa, no habrá nada a lo que no podamos enfrentarnos. El temor a que nos vean cómo somos, desaparece.

 Nos detuvimos delante de un estudio de tatuaje. En el escaparate se exponían fotografías de trabajos hechos en la piel. La imagen del infinito nos atrapó.  Nos miramos pensando lo mismo. Étienne apretó mi mano, nuestros dedos se entrelazaron.
            -¿Entramos? -preguntó.
            Tiré de él hacia el interior de la tienda.
            No fue premeditado, simplemente ocurrió. Los dos sentimos que el infinito simbolizaba lo que teníamos y lo escribimos en nuestra piel.
            Ya solo simbolizaba el espacio que nos separaba.


domingo, 29 de octubre de 2017

Amistades verdaderas





“El padre Simón me recibió con un abrazo en su despacho. Le pareció que estaba más alto y se interesó por las vacaciones. Mi altura seguía siendo la misma, pero algo en mí había variado, me había enamorado. Fui escueto en la respuesta: “Satisfactorias, padre Simón”.
            El deje automatizado que percibió en mi voz y mi actitud apocada le hizo sospechar la razón de mi visita. Me indicó con un movimiento de mano que tomara asiento frente a él, al otro lado del escritorio.
            -Por la cara que traes veo que te han informado de la marcha de Eduardo. Hubiera preferido hacerlo yo mismo.

Las palabras del religioso destilaban la certeza que me había negado hasta el momento, alimentando la idea de que hubiera un error. Dolían como mil cuchillos clavándose en la piel. Se me hizo un nudo en la garganta y habría llorado si los hombres de aquella época lo hicieran cuando debían, pero los de verdad, jamás mostraban su debilidad y mucho menos en público y yo casi era uno de ellos. Reprimí las lágrimas.”

 Federico no solo no lloró en el despacho del director del colegio, tampoco lo hizo delante de nosotros, esforzándose porque los recuerdos no cayeran por sus mejillas como agua salada. 
La apocalíptica recordó que ese verano sus padres se conocieron. Juanabel era hija de uno de los socios del padre de Federico, al que había invitado junto a su familia a pasar unos días en la casa de San Sebastián.

 “-¿Dónde ha ido?
               -Al norte. Su abuelo ha enfermado y sus padres se van a ocupar de la pequeña quesería que regentaba.
              Sonreí levemente al imaginar a Dado delante del Cantábrico. Sus padres habían nacido y se habían criado en una aldea asturiana marítima. A menudo me hablaba de su intención de conocer  a sus abuelos y el mar: “Algún día volveré a la tierra que vio partir a mis padres y me reencontraré con mis raíces frente al mar”.

El padre Simón abrió el primer cajón del escritorio y extrajo una cuartilla doblada por la mitad.
           -Me pidió que te entregará esto.
           Desplegué la cuartilla con dedos nerviosos propios de la ansiedad que estaba experimentando. Una reproducción exacta del vagón que le había regalado acompañaba una  línea manuscrita de envidiable caligrafía:

                       “La amistad no conoce barreras. Hasta pronto, amigo.”


domingo, 15 de octubre de 2017

La marcha




Federico arrastró al abuelo por el corredor hasta una puerta blanca que abrió con el ímpetu de una ráfaga de viento.
             En el centro de la habitación una maqueta ocupaba gran parte del espacio.
             Un tren aguardaba en la estación a que el jefe levantara la bandera para iniciar la partida. En el trayecto atravesaría una ladera verde plagada de flores silvestres de colores; ascendería una montaña alta; rodearía otra de tamaño similar; cruzaría un puente de hierro sobre las claras aguas de un rio; pasaría por debajo de un oscuro túnel; y en el último tramo, un valle con ovejas pastando antecedería al pueblo.

El abuelo se quedó ensimismado con aquella reproducción en miniatura. Federico lo puso en marcha y fue entonces cuando al abuelo se le iluminó la cara viendo como el tren recorría aquellos paisajes. Al detenerse la locomotora en la estación, Federico desenganchó un vagón y se lo dio a su amigo, que lo cogió estudiando su estructura.
           -Es tuyo.
           El rostro del abuelo se ensombreció.
           -No puedo quedármelo –se lo tendió a Federico.
           -Claro que puedes. Quiero que lo guardes y que cada vez que lo mires, sepas que tienes un amigo en mí.
           El abuelo apretó el vagón en sus manos, agradeciéndole el gesto con la mirada.

          “Pasaba los veranos en la casa que mi familia tenía en San Sebastián. Allí nos reuníamos con mis tíos y mis primos y recibíamos visitas de amistades de Madrid que se instalaban con nosotros unos días.           
Al regresar aquel año, lo primero que hice fue correr al colegio para ver a Dado y contarle algo maravilloso que me había pasado,  como en otras ocasiones después de las vacaciones. Le echaba de menos durante el verano y me hubiera gustado que compartiera conmigo juegos y conversaciones. A veces cuando hacíamos carreras para medir nuestra velocidad y resistencia en la playa, pensaba en lo mucho que le gustaría a Dado correr por la arena, sumergirse en el agua y nadar hasta la primera boya. Dado nunca había visto el mar y cuando le hablaba de él me escuchaba con atención.           En la verja de entrada al patio delantero, un hombre al que desconocía arreglaba la cerradura. De ese tipo de tareas se encargaba el padre de Dado, pero debía estar ocupado en el jardín.
           Saludé al hombre y le pregunté si el Padre Simón se encontraba en el colegio.
           Me contestó que sí y dejó que accediera al patio. Por las ropas que llevaba debió imaginarse que era un alumno.
          Me dirigí a la casa de los guardeses con la mirada del hombre clavada en mi cogote. Desde que había entrado no la había apartado de mí.
          Me extrañó que la puerta estuviera cerrada. Elvira siempre la tenía abierta. La golpeé con los nudillos llamando a Dado. Nadie respondió a mi insistencia. El hombre de la verja se me acercó con el ceño fruncido.
          -¿Puedo ayudarle?
          -Busco a Dado. Vive aquí con sus padres.
          El hombre se arrascó la cabeza con cara circunspecta.
          -Debe referirse a los antiguos guardeses. Ellos se marcharon hace dos meses y ahora yo ocupo su puesto.
           La desazón me invadió de inmediato. En junio nos habíamos despedido hasta Septiembre como otras veces, pero esta vez la despedida parecía definitiva. Dado era mi mejor amigo y nunca me había pasado por la mente la posibilidad de que dejáramos de vernos para siempre.
           Le necesitaba en mi vida.
 


 

domingo, 20 de agosto de 2017

Decepciones





A esta altura del relato echo de menos a Étienne.
             Se me pasó por la mente invitarle a la reunión, desenmascararme al mismo tiempo delante de él y de todos los demás, pero desistí de la idea al instante. La parte de mi vida que más me desagradaba debía contársela a solas para no condicionar su reacción y lo haría antes de mi debut teatral, en su buhardilla, durante la cena que le ayudaría a preparar en los zapatos de un pinche torpe o después, no sabía cuál sería el mejor momento para desnudar mi alma y ensañarle lo fea que era. Improvisaría. Tras la finalización de la función, no estaba segura de cuál iba a ser mi destino, aunque podía figurarlo, ni si volvería a verle después de aquella tarde de varietés. Étienne tenía que saberlo antes. Merecía la deferencia.
             Las cosas no siempre salen como las planeamos. Una vez más.

 
            Cené con Étienne por última vez la noche anterior a la convocatoria.
            Terminada la velada me fui con el roce de su cuerpo en la piel y el corazón hecho trizas. No me atreví a enfrentarle, guardé silencio, fingí que la desazón no me quemaba las entrañas y que no me estaba despidiendo para los restos de nuestras vidas. Siembra vientos y recogerás tempestades. Dos segundos bastaron para recoger el fruto de mis maquinaciones. Me estaba bien empleado.

Al volver a la mansión me metí en la ducha para deshacerme de sus caricias y de su olor, destrozada por el dolor. La niña de diez años que liberó a Yuco, lloraba amargamente bajo el chorro de agua, como la mujer de más de treinta que abominaba de sí misma.
           Decepción, frustración, desolación.
            Nada importaba lo que ocurriera al día siguiente.
            Ya había perdido todo cuanto quería.


domingo, 13 de agosto de 2017

Mundos lejanos, horizontes cercanos



             “Dado vino todos los días a lo largo de tres años.
             El orgullo no me concedía reconocer que el hijo de los guardeses había efectuado un análisis tan preciso como una radiografía de las causas por las que me desentendía del aprendizaje de las asignaturas que se impartían en el colegio. Me creía un estúpido, pero un estúpido con suerte que heredaría una fortuna que gestionarían los asesores de los que mi padre se rodeaba. Poner empeño en estudiar y fracasar era confirmar las sospechas sobre mí mismo.
            Adopté como hábito razonar las respuestas y soluciones a los ejercicios y descubrí que la lógica era una eficaz herramienta de la que no podía prescindir.
            A veces discutíamos sobre  literatura, historia o algebra, materias que no habían despertado mi interés hasta entonces. Dado me enseñó a pensar y sin darnos cuenta fuimos haciéndonos amigos, pese a que él siempre marcaba las distancias entre las clases a las que pertenecíamos. Yo era un señorito bien y él formaba parte del algún modo del servicio de casa. Mis calificaciones mejoraron, enorgulleciendo a mi padre, que por fin creyó que se podría sacar algo bueno de mi.”
            “-Quiero que veas el cuarto de los juegos.
            -No.
            -¿Por qué?
            -Estoy aquí para ayudarte con las tareas no para que me enseñes donde juegas y con qué juegas cuando me marcho.

Para cualquier niño que lo único que posee en la vida son el cariño y afecto de sus padres, visitar una habitación repleta de juguetes era un sueño, pero Dado no era como cualquier niño, el se esforzaba cada día por ser mejor que el día anterior.
           No levantaba los ojos del cuaderno. Su cara estaba tensa.
            -¿Por qué?
            -¿Por qué, qué?
            El soniquete era familiar.
            -Por qué no reconoces que te gustaría ver mis juguetes y  pasar un rato distendido, en lugar de usar como pretexto las obligaciones. Por qué no bajas la guardia y te diviertes cuando se te presenta la oportunidad de hacerlo. Por qué no te relajas y dejas de estar alerta todo el tiempo… El aprendizaje abre la mente y la diversión desborda la imaginación y agudiza el ingenio, tan importante es aplicarse en los estudios como jugar y que la mente vuele libre y tu no lo haces nunca. Quiero compartir mi mundo contigo.”
            -El abuelo seguro que se mantuvo firme en su determinación.
            Federico me palmeó la pierna.
            -Querida, no subestimes mi poder de convicción.
Se le empañaron los ojos.